Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / DIC 09 2015

Los nombres de las cosas

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En un estupendo ensayo sobre las relaciones entre la arquitectura medieval y el pensamiento escolástico, el historiador del arte Erwin Panofsky emplea el término hábito mental para llamar a la red de nociones filosóficas, culturales, sociales, económicas que le sirve a una generación para darse una idea del universo. Propalado por las instituciones encargadas de formar a los individuos, los hábitos mentales, a pesar de su aparente totalidad, no pasan de ser apresurados bocetos del mundo. De esa manera, por ejemplo, mientras para los nacidos en la gran depresión de los años treinta y sobrevivientes de la carnicería de la segunda guerra mundial, el destino se concretaba en el sueño americano: casa, automóvil, hijos, estabilidad política y económica; para sus hijos, por el contrario, los tiros iban por otro lado: sexo, drogas y rock and roll. Recordé el concepto de hábito mental al leer la entrevista, en  El País,  de España, a Iván Márquez, el vocero de las Farc. Uno no sabe, la verdad, si reírse de la ingenuidad del insurgente o enfadarse ante su cinismo. Talvez tantos años dándole la espalda a la realidad, concentrado en el apolillado catecismo del marxismo leninista, le quemó el entendimiento a Márquez. Las Farc, para decirlo de una vez, están sintonizadas con un hábito mental anacrónico: el de los años sesenta y setenta, el de las luchas de clases y la vía armada para acceder al poder. No han caído en la cuenta, por necedad o por miopía, de algo sencillo: el mundo cambió y con él el país. En el fondo, lo triste del asunto es ver a ciudadanos de bien hacer piruetas para encontrarle razones a lo reprochable: el sacrificio de vidas humanas en aras de una quimera.

En los sesenta la gente estuvo dispuesta a ofrendarlo todo por el sueño del paraíso comunista. De ahí la debilidad de figuras como las del Che Guevara: reúnen el fango y el oro de esa época. ¿Quién, hoy, en sano juicio, respaldaría a un personaje que proponga como objetivo de las mesnadas progresistas fomentar dos o tres guerras como la de Siria? ¿Acaso no instó Guevara a sus seguidores a “crear muchos Vietnam”? ¿Quién aprueba la metralla del Che después de la enseñanza pacifista de Ghandi, de Martín Luther King, de Mandela?

Talvez, cobijados con otro hábito mental, el del marxismo pura sangre, la gente vería con buenos ojos la interviú de Márquez. No les perturbaría el sueño la tesis de las Farc para no dejar libres a los niños reclutados para la guerra: con ello pierden fuerza. A lo mejor no les provocaría a los rancios estalinistas un ataque de bilis el juego semántico de no llamar las cosas por su nombre. Por ejemplo, considerar errores y no delitos la siembra de minas quiebrapatas, el asesinato de líderes populares opuestos a sus directrices, el desplazamiento de tribus indígenas. A otros nos hace hervir la sangre semejante argumentación. Si antier se mató en nombre de cualquier dios   y ayer se masacró para instaurar la sociedad sin clases, la inteligencia debe llevarnos a condenar hoy el uso de la violencia para alcanzar fines políticos, no importa su aparente justicia. La sangre del inocente mancilla cualquier credo o dogma, por bienintencionado que sea.

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