Viernes, 19 Abr,2019
Opinión / MAR 10 2019

Mucho licor en los jóvenes

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Un informe muy bien documentado publicado por el reconocido periodista Juan Gossaín, hace algunos días en el periódico El Tiempo, vuelve a prender las alarmas acerca del aumento del consumo de alcohol en los jóvenes. Uno de sus apartes, además de muchas cifras inquietantes proporcionadas por el observatorio de drogas del ministerio de Justicia da cuenta de esta situación. Dice Gossaín que “la realidad del alcoholismo escolar en Colombia es tan impresionante que se puede resumir en este dato estadístico: tenemos el dudoso honor de ser campeones continentales. Ocupamos el primer lugar en América latina, compartido con Argentina”.

Un puesto que nos pone a pensar seriamente por qué estos comportamientos constituyen una tendencia asociada a factores de riesgo, como conducir borrachos, ejercer violencia o tener experiencias sexuales casuales, entre otras, que impactan negativamente la vida de los adolescentes y no precisamente a un uso moderado y responsable del alcohol. 

El reto, como dicen, es todo. De la misma manera que ocurre con la mayoría de las problemáticas complejas a las que se ven abocados los niños y jóvenes, la respuesta está en la educación. La labor tiene varios caminos. Por un lado requiere conocer, entender y descifrar el mundo de los jóvenes de hoy. Los factores que hacen parte “connatural” del entorno social y personal de los adolescentes de este tiempo como el uso de las redes sociales, el fácil acceso a la información, a la interacción social o a obtener lo que desean a un solo clic. Esta es una condición que potencializa otros aspectos propios de la etapa que están viviendo, como la necesidad de explorar y confrontar el mundo, la impulsividad, la baja percepción del riesgo y la necesidad de demostrar independencia y superioridad frente a los pares.

De otro, atender a la necesidad de dialogar con los jóvenes para identificar sus posturas y vivencias acerca de su relación con el alcohol. Esto implica reconocer y manejar la resistencia o dificultad que en muchos casos, tanto padres como hijos pueden tener a conversar de manera amplia y sin prevención sobre este tema. Los primeros tienden a hacer largos discursos, moralizar o tener conceptos poco objetivos y los segundos a minimizar los riesgos y el impacto negativo de esta conducta y a parecerles exageradas y descontextualizadas las reflexiones dadas por sus padres. Un ambiente de confianza, apertura y tranquilidad para que conozcan los peligros reales y sobre todo dimensionen el impacto que el uso del alcohol puede causar a futuro, es un aporte concreto. 

Otro abordaje, quizás de los más importantes, es que la enseñanza de valores y habilidades sociales como la autorregulación, el autocuidado, la empatía y la responsabilidad esté en sintonía con el modelo que estamos siendo para nuestros hijos. Allí tenemos como adultos, la tarea de revisar hábitos, prácticas y conceptos propios sobre el consumo de licor. Por ejemplo, si tomamos de forma moderada o excesiva; si lo hacemos por diversión o para manejar las tensiones o el estrés. Observar con conciencia si existen problemas serios con el trago, si esto se acepta o se disfraza de una actividad social aceptada. El ejemplo empieza en casa.


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