Miércoles, 19 Jun,2019
Opinión / ABR 13 2015

Muerte Gaitán, según Lleras Camargo

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En el periódico El Pueblo, de Cali, conversé con Felipe Lleras Camargo numerosas horas. De su memoria conocí que Alberto, su hermano, y él, Felipe, por allá por los años 30, separaron sus caminos políticos, aunque siguieron en el partido Liberal. Alberto se unió a Alfonso López Pumarejo y Felipe se adhirió a las huestes de Jorge Eliécer Gaitán.

-¿Doctor, quién mató a Gaitán? Pregunté.
- A partir de tu pregunta, entrarán a la historia Las fuerzas Especiales Estadounidense y la CIA, creada en septiembre de 1947. Me contestó.

Fue así como supe que en 1946 dos agentes de las Fuerzas Especiales Estadounidenses fueron destinados a Colombia. En septiembre de ese año llegó uno, con supuesta nacionalidad alemana, oficio quiromántico y nombre “John Umland Gerde”, quien repartió volantes, hizo publicidad en emisoras y promocionó sus “dotes”. Los incautos requerían cita previa. Mientras llegaba la fecha de la consulta, otros investigadores averiguaban datos personales del futuro cliente. Cuando este se sentaba enfrente, el adivino ya conocía su pasado, su posición en la sociedad, su economía, su vida familiar y le podía hablar de problemas personales. La fama empezó a propagarse. La misión del “alemán” era conocer quién era qué en Bogotá. En noviembre de 1946 llegó otro integrante de las Fuerzas Especiales Estadounidense: John Spiritu. Su misión era sobornar a Gaitán y hacerlo alejar del país. No lo logró.

El 30 de septiembre de 1947 un hombre de la por entonces recientemente creada CIA, tomó el comando de la que siguió llamándose Operación Pantomima. Era el agente Thomas Elliot, que llegó para utilizar los informes recolectados por el “alemán”, quien proporcionó los perfiles psicológicos de quienes podrían ser los bobos útiles. Elliot contactó a Juan Roa Sierra, por ese entonces de 26 años y que, hasta poco antes del Bogotazo, embadurnaba con engrudo muros y paredes de la capital para pegar afiches y cartelones. El vidente le hizo un lavado de cerebro y, para convertirlo en una fingida versión de asesino, lo convenció de que era la reencarnación de Gonzalo Jiménez de Quesada y de Francisco de Paula Santander, que la historia le tenía preparada una gran misión y ya no sería más un obrero.

 El objetivo requería de otro hombre, con sangre fría, capacidad de riesgo y don de mando, que tuviera odio personal y enemistad política con Gaitán. Elliot aprovechó que se vivía el momento de la violencia de los llamados “pájaros” y contactó a uno de Tuluá, de nombre Pablo Emilio Potes, de más de 1.80 de estatura y de 100 kilos de peso, detective sectario y de excelente puntería. Vestía siempre de sombrero Barbissio y abrigo de paño-fieltro.

En la 7º con avenida Jiménez, sonaron 4 balazos, como en el corrido mejicano. El primero y el segundo con escasos dos segundos de diferencia, tiempo en el que un novato no podría hacer dos disparos, y alrededor de medio minuto luego, otros dos disparos. El primer disparo dio en la espalda de Gaitán y no tuvo características mortales. El 2º, que lo mató instantáneamente, fue hecho por un profesional y entró directamente a su cerebro. El 3º, también entró por la parte baja de la espalda de Gaitán y el 4º atravesó el sombrero de Plinio Mendoza Neira. Tres balas correspondían al revólver de Roa y una al de Potes… 

Ya sabes, chata, quién mató a Gaitán, me dijo Felipe Lleras Camargo, a manera de despedida.

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