Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / FEB 04 2018

Música, sensibilidad y libertad

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La música debería ser fundamento indispensable en procesos formativos de niños, niñas y jóvenes, por su influencia en el desarrollo de la personalidad y en la inteligencia, emocional y social. El gusto por la música, porque en su esencia es una expresión que viene a la vida como canción de cuna, hace presencia en la despedida, no falta en el momento sublime del amor y el regocijo, acompaña experiencias de dolor y de alegría. Es como se dice, la banda sonora que reclama una existencia.

La película La La Land, por ejemplo, no solo es una bella expresión musical, de danza, movimiento y color,  plantea la lucha y el esfuerzo personal de una pareja de enamorados que al unirse en lo que tienen de artístico, triunfan y superan adversidades que parecían imposibles. Es el poder de una sensibilidad con el matiz y el sonido de la emoción. La alegría es una emoción brillante e intensa, es fresca y acogedora, su sonido es cascabel y agua de manantial. Es la música en el sentir y el vibrar, en el tarareo, el canto y la copla. 

Antaño se tenía la maravillosa costumbre de cantar al ritmo de las actividades del día por todo aquello que está en el recuerdo y en la superficie de las cosas. Un cantar con un dejo de nostalgia, el momento del eterno presente, lo que representa un instante revestido de belleza, la sensación ubicua a “flor de lo cotidiano”. ¿Quién no se estremece al sonido de la Oda a la Alegría, esa musicalización de Beethoven que ha dejado huella?

Despierta la conciencia de una historia humana en todo lo que contiene de grandeza y plenitud, en lo que hay en ella de humillación y sufrimiento.

El soul y el jazz, el góspel, un canto a Dios por lo padecido, en el sufrir y el batallar de un pueblo cuya historia está hecha de dolor y tragedia, no encuentra paz ni sentido de vida en la esclavitud, la amargura y la muerte.

Cantar es pues una forma de curar el alma. El soul es revolucionario, un poder que acompañó a los negros en EE. UU., tanto en el tiempo del yugo como en el clamor por unos derechos civiles que solo se les reconocería en 1964. 

La música tiene una función social y espiritual, proporciona láudano y regocijo en las penas y adversidades, en el goce y la bienaventuranza, nos conmueve y protege en la tribulación. En cuanto ideal supremo confronta una conciencia en su esfuerzo por superar y sobreponerse a lo más mundano, trivial y vulgar que pueda haber en el ser humano. Es un canto y una esperanza puesta en la posibilidad de una vida vivida a plenitud, en libertad y en la voluntad de confrontar formas de sufrimiento y de romper cadenas que alienan y entristecen. Es la música por el deseo de perfección.

 

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