Martes, 15 Oct,2019
Opinión / ENE 30 2018

No extraña, ni extrañaría

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No extraña que algunos periodistas colombianos insistan en insinuarle a Claudia Morales que revele el nombre de su violador. Ni extrañaría que, pasado el tiempo, siguieran fingiendo que no lo saben, que continúan indignados, que entienden la magnitud del hecho, que respetan su silencio.

No extraña que por nuestra sangre aún corra la brutalidad de los que nos invadieron hace más de quinientos años. Ni extrañaría que la misma siga derramándose a borbollones, a pesar de los pañitos de agua salada y las estratagemas oficiales. No extraña el escándalo que la denuncia ha desatado. Ni extrañaría que a la vuelta de dos semanas pase a engrosar los archivos del olvido general de la nación. Contrario a lo que pueda pensarse, la columna en la que Claudia narra la violación de la que fue víctima no es un llamado de auxilio, no es un clamor, no es un señalamiento. Es, sí, el grito de dignidad de una mujer que se parece al robledal de Almafuerte, aquel “cuya grandeza necesita del agua y no la implora”.

Es, sí, un sacudón a la consciencia de quienes la tienen, y una bofetada al rostro de un pueblo en su mayoría novelero e insolidario. Es, sí, un acto de resistencia, una prueba de valentía frente al inmensurable poder de los poderosos, al poder que domina, excluye y oprime; al poder que vulnera, depreda y enloquece. La de Colombia es la historia de una herida abierta que lejos de sanar se pudre con los años. De una patria que se obstina en ensalzar su propia belleza frente a un espejo roto. De un país que hizo del homicidio y la vendetta las piernas que le faltaron a la justicia. ¡Por qué no matan a fulano!, reclamamos, como si el asesinato de uno o dos o miles y miles de individuos hubiese servido para curar esta demencia colectiva que nos tiró de rodillas (o de culo) al borde (o al fondo) del estanco. Escribo estas líneas movido por profundos sentimientos de dolor, de desesperanza y de rabia. Dolor porque conozco a Claudia, porque sé de su valía, de su probidad, de su profesionalismo, de su humanismo, de su ética. Desesperanza porque no veo cómo las circunstancias que rodearon su victimización y la de tantos otros colombianos puedan cambiar en el mediano o largo plazo. Y rabia porque me confieso incapaz de hacer algo, cualquier cosa, que aporte realmente a la transformación estructural del lamentable estado de las cosas en este país.

No tengo duda que al violador le llegará la hora de responder por este y otros crímenes. Hasta entonces me bastará con sentir, a la distancia, su progresivo temblor. Claudia Morales: para ti mi respeto, mi admiración y mi cariño sincero, siempre. 


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