Viernes, 21 Sep,2018

Opinión / OCT 25 2017

Notas sobre Sepulcros de vaqueros

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"La suya es una obra anclada en la perplejidad del destierro".


Hace nada, el editor Mario Jursich y el escritor Evelio Rosero sostuvieron un rifirrafe con motivo de La Carroza de Bolívar, la antepenúltima ficción de largo aliento del segundo. En ella, Rosero pretendió ajustar las cuentas con uno de los mitos fundacionales de la nacionalidad colombiana: Simón Bolívar. Provisto de una prosa potente, el autor de Los ejércitos construyó un artefacto verbal con el cual quiso dinamitar la base de una de las estatuas del parnaso colombiano: señaló las flaquezas militares de Bolívar y su cuestionable catadura moral. La actitud de Rosero es hija de la idea de los miembros del boom sobre las virtudes revolucionarias de la novela. En efecto, Carlos Fuentes, en una entrevista concedida en los años sesenta a Joaquín Soler Serrano, habló con soltura acerca del poder de la literatura de corregir y en algunos casos suplantar a la historiografía oficial. Bajo esta premisa, es el novelista –no el historiador ni el sociólogo– el encargado de escribir la historia. En todas las grandes novelas del boom –a lo mejor se trate de un legado del muralismo mexicano– se percibe dicha postura vital y filosófica.

A la hornada de escritores posterior al boom le correspondió en suerte lidiar con esa herencia. El chileno Roberto Bolaño –tal vez el más conspicuo de sus miembros– decidió romper con ella y cultivar un tipo de novela desencantado de los cantos de sirenas de las ideologías maximalistas. Bolaño no aspiró a reemplazar los imaginarios sociales y culturales acerca del recorrido histórico de Latinoamérica ni a reparar las injusticias de nuestro inventario de la infamia. La suya es una obra anclada en la perplejidad del destierro, en el desencanto. Es, a fin de cuentas, una larga carta de amor y de odio a los latinoamericanos nacidos en los cincuentas, la época de las quimeras. El epicentro de sus desvelos son la poesía y el viaje iniciático. A pesar del terror, Belano –alter ego de Bolaño– no pierde la esperanza: se aferra con las uñas al misterio de las cofradías líricas y a la iconoclasia del realvisceralismo. En esa lógica, resulta superior la cruel lucidez de Ignacio Escobar, el protagonista de Sin Remedio, la única novela de Antonio Caballero. Mientras Belano huye en un Impala, Escobar de entrada conoce la irrelevancia de todo esfuerzo humano: ni la revolución ni la poesía le darán sentido al vértigo de la vida. Repite el mantra del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades…”.

Sepulcros de vaqueros, un nuevo satélite en la galaxia Bolaño, trae en sus páginas tres novelas cortas o cuentos largos. Patria, menos acabado del conjunto, pone la lupa en el fatídico 11 de septiembre de 1973. Claro, lo hace a la manera de Bolaño: de soslayo y con lentes negros. Sepulcro de vaqueros y Comedia del horror de Francia ahondan en las pesadillas de Nocturno en Chile y 2666. En el cierre del libro, me pregunté por la tendencia de Bolaño de tejer sus historias con las voces de poetas jóvenes, recién salidos de la infancia. Quizá la respuesta la dé Michel Houellebecq al decir que tras las explosiones de hormonas y pasiones de la temprana juventud, la existencia se convierte en un lánguido flirteo con la muerte.

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