Sabado, 24 Ago,2019
Opinión / ABR 22 2019

Notre dame

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En estos días de inicios de la primavera en Europa, millones de personas quedaron atrapadas por las  crudas imágenes de la televisión contemplando cómo ardía Notre Dame, uno de los  íconos más relevantes del arte y la historia de  Francia. 

Desde la perspectiva del arte, Notre Dame es referente del estilo gótico, desarrollado a partir del siglo XII en la plenitud de la Edad Media,  en su empeño de acercar el hombre a Dios, mediante  la luz como sublimación de la divinidad que libera al hombre del  oscurantismo y de las tinieblas del pecado; difícil no sucumbir ante el encanto de las grandes catedrales, particularmente de esta donde tantas ilustraciones han popularizado los entresijos de su construcción, las bóvedas, las columnas, las vidrieras policromadas, las gárgolas monstruosas y las alturas ligadas a la idea del esplendor  y la monumentalidad. 

Pero, sobre todo, la historia que quedó atrapada en esa mole llena de símbolos, leyendas e historias, por sus estructuras ha desfilado, desde la baja Edad Media donde se incubaron  la burguesía y las universidades, el Renacimiento y hasta la posmodernidad de ahora; basta decir que  Notre Dame fue víctima de las turbulencias sociales de la Revolución Francesa, anfitriona de las ínfulas de grandeza de Napoleón en su coronación como emperador en 1804, escenario nada menos que de la solemne beatificación de Juana de Arco y seguramente desde las alturas de sus campanarios, atalaya desde donde observó la espectacularidad de la ciudad el alma buena de Cuasimodo, el enamorado jorobado de Nuestra Señora de París.

Nadie seguramente será ajeno al drama que generan las catástrofes en las que el fuego indolente no discrimina, no hace diferencias entre lo sacro y lo profano, entre lo que debe arder o no arder, por eso, seguramente, las llamas en París nos recordaron también el cataclismo de las Torres Gemelas de Nueva York con las columnas de humo trepando hacia el cielo antes de su derrumbe final.

No extraña, ante la dimensión del siniestro, ni la pesadumbre general ni la celeridad con que se plantea su reconstrucción. Antes que terminaran de enfriarse los despojos  humeantes de Notre Dame, las donaciones francesas e internacionales ya sumaban más de mil millones de euros. 

Lo que sí llama la atención es el olvido  en que caen tantas crisis humanitarias repartidas por todo el mundo que afectan los más elementales derechos de millones de personas que no reciben una respuesta igual de rotunda y fulgurante. 

Por ejemplo en Etiopía, Sudán, Kenia, Yibuti, Yemen y Somalia, para solo mencionar los vecinos cercanos de Europa, que tiene problemas tan grandes como una catedral: el hambre, por ejemplo.

 La maravillosa Notre Dame tardó dos siglos en construirse, sabemos de la legendaria  resistencia de sus cimientos y paredes: las piedras pueden esperar, los seres humanos no.

 

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