Domingo, 18 Nov,2018

Opinión / MAY 27 2018

¿Nuevamente un presidente liberal?

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Este domingo, 27 de mayo, millones de colombianos votaremos para definir cómo será el país en los próximos años. Se equivocan quienes creen que ésta es una elección que no quita ni pone rey, que no están en juego asuntos de la mayor importancia, que solamente es un acto rutinario de nuestra imperfecta democracia. Veamos.

El 7 de agosto de 2002, Álvaro Uribe Vélez comenzó un primer mandato de cuatro años. ¿Cuál era el estado de la nación? Fortalecidas por las confusas negociaciones de San Vicente del Caguán, las Farc eran una amenaza real: estaban a las puertas de Bogotá. Y de las selvas del sur y el oriente del país, ni hablar: en ellas imponían su ley. ¿Qué se consiguió en ese primer gobierno de Uribe? Nada menos que derrotarlas, obligarlas a refugiarse en sus guaridas, en lo más profundo de las selvas, para defenderse ante la arremetida de las fuerzas del orden, Ejército y Policía.

Durante el cuatrienio siguiente (2006-2010), las fuerzas del orden ganaron terreno, ajustándose a la política trazada por Uribe durante su segundo mandato. Todo lleva a pensar que habría sido imposible para esa cuadrilla de asesinos resistir si la ofensiva del gobierno continuaba. No fue así. Por el contrario: Juan Manuel Santos se encargó de reanimar esa organización criminal que se extinguía. Es fácil describir cómo lo hizo.

Convenció, con sus zalamerías y genuflexiones, al presidente Uribe de que él seguiría sus pasos, ejercería una acción política y militar que había demostrado su eficacia, por sus resultados. Recuérdese que los hechos hablan, que son más elocuentes que las palabras. Lamentablemente, Uribe le creyó y lo impuso como presidente: por Santos, marrullero, mentiroso y traidor, votó la totalidad de los seguidores incondicionales de Uribe, que son la mitad de los colombianos que votan.

Elegido, Santos sacó de la manga, como cualquier tahúr de feria, sus cartas. Destapó una estrategia estúpida que se expresa en unas pocas palabras: negociar con las Farc, como si hubieran derrotado las fuerzas del Estado. Esa claudicación implicó pactar con ellos la impunidad absoluta, perpetua, de todos sus crímenes, aun los de lesa humanidad; nada de indemnizar a las víctimas de sus delitos o a sus descendientes, pues la reparación de los perjuicios queda a cargo del propio Estado, es decir, de los que pagamos impuestos, categoría que comprende a toda la población; ingreso de los bandoleros al Congreso, sin votos y con sus manos aún manchadas por la sangre de sus víctimas inocentes, etc.,etc. Y como si esto fuera poco, les abrió las puertas de la Casa de Nariño, para que alguno de estos criminales convictos y confesos se convirtiera en presidente de Colombia. Recuérdese que un tal Rodrigo Londoño, alias Timochenco, inició su campaña presidencial. ¿Por qué no siguió en ella? Sencillamente porque sintió el odio, la repugnancia y el desprecio de la gente.

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