Miércoles, 14 Nov,2018

Opinión / JUN 23 2016

Números rojos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

A un paso de cumplir cincuenta años de vida administrativa el Quindío, si somos francos, no está nada bien. Basta abrir los ojos para ver el paisaje ético desolador: la corrupción, el desinterés ciudadano y la mediocridad de la clase política tienen al departamento contra las cuerdas. 

El cáncer de la apatía civil, del individualismo salvaje, del sálvese quien pueda hizo metástasis en nuestra comunidad. No soy alarmista: los números avalan el pesimismo: casi siempre estamos en los primeros lugares de los índices nacionales de desempleo, de suicidios, de consumo de estupefacientes.

La historia reciente también respalda el sinsabor: la lista de gobernadores y de alcaldes investigados o condenados no es corta, casi todos han salido por la puerta de atrás después de hipotecar el futuro de los quindianos de a pie. Juan Zuluaga, Carlos Alberto Oviedo, Alba Stella Buitrago, Amparo Arbeláez, Mario Londoño, David Barros, Sandra Hurtado, Emilio Valencia, Atilano Giraldo, Antonio Restrepo, Maryluz Ospina, Luz Piedad Valencia, Juan Carlos Giraldo, entre otros, son los responsables de convertir la política local en una apuesta de dados, transformarla en una práctica carente de significado, en el más corto camino para beneficiar a toda costa a las sectas electorales, a la maquinaria partidista.

En el fondo, el bienestar común poco le interesa a los ediles, concejales, diputados, alcaldes y gobernadores: primero está el partido, el grupúsculo político, el sanedrín, el bolsillo propio. Da tristeza decirlo: en estos cincuenta años el Quindío ha sido gobernado en miras del enriquecimiento de unos pocos mientras al grueso de la juventud se la disputan como carne de cañón las bandas de microtráfico, los ancianos deambulan en la penuria y las mujeres de los sectores populares se embarazan en la adolescencia. Vamos, no hay que ser el más listo del planeta para saber lo obvio: vivimos en una olla a presión. Pende sobre nuestra cabeza no la espada de Damocles sino el puñal de la delincuencia organizada, del sicariato, de las mafias.

Las efemérides suelen ser simples pretextos para distorsionar el pasado en procura de ocultar las lacras del presente. Seguramente los festejos oficiales de los cincuenta años serán la ocasión para que las ranas den un concierto de zalemas y el incienso camufle la carcoma y la polilla. Desempolvarán a nuestros discutibles héroes y heroínas y a los verdaderos artífices de las cosas buenas de este medio siglo, como siempre, se les relegará al patio de atrás.

¿Lo peor del diagnóstico?: perdimos la capacidad de indignación. ¿Qué diría, por ejemplo, don Euclides Jaramillo Arango si viera a la Uniquindío –claustro fundado por él– convertida en un botín electoral, manejada por una camarilla ajena a la vida cultural del departamento? ¿Y Carmelina Soto acaso no levantaría la voz contra el culto al Cacique López y a la cacica García de Montoya? Por dios, nuestras vías y edificios públicos en lugar de festejar a Catarino Cardona, a Humberto Jaramillo Ángel, a María Teresa Hincapié, llevan los nombres del camello y de otros especímenes de la fauna electorera.

A lo mejor si le ponemos algo de orden al pasado reuniremos la fuerza suficiente para encontrarle una auténtica cura a nuestros males. Quizá para superar de una vez por todas al totismo, al hurtadismo y al carrielismo sea necesario dejar de tributar alabanzas a un pasado cuestionable, a la galería de ídolos de barro.

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