Miércoles, 14 Nov,2018

Opinión / AGO 17 2018

Otto y el sentido del humor

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Óscar Domínguez Giraldo, el periodista emérito, de ágil y divertida pluma, se dedica a refrescar trabajos que hizo en su larga carrera. El último, que envió a través de internet, es una crónica sobre Otto Morales Benítez, sacada de su archivo; y un reportaje que le hizo. Ameritó el hecho la circunstancia de que el 7 de agosto es el cumpleaños del personaje, que hubiera cumplido 98 años el martes pasado. Los textos, que son el perfil humano e intelectual de un colombiano fuera de serie, sirven como solaz, para descansar de tanta mediocridad que atosiga por estas calendas.

Otto, el gran Otto, navegaba en las extensas y profundas aguas de la cultura universal, a la que agregaba su ingenio y creatividad. La seriedad y trascendencia de la historia y la filosofía las matizaba con las carcajadas que lo caracterizaron, con su generosa cordialidad y con una capacidad prodigiosa para comunicarse, bien a través de sus enjundiosos escritos o de su elocuencia.

En su bagaje ideológico llevaba Otto un universo de conceptos políticos inspirados en el más puro liberalismo, que reconoce el derecho a pensar distinto, a la justicia igualitaria y a la ética en el ejercicio de cualquier actividad, especialmente pública. Y admitía como racionales las discrepancias, aun entre miembros de una misma cofradía, como sucedió con su partido Liberal, que siempre ha estado dividido, lo que era normal en un cuerpo deliberante, hasta cuando la mediocridad le cantó el oficio de difuntos.

En sus ensayos, como en discursos y conferencias, Otto matizaba lo dicho con anécdotas y chispazos de humor que lo enriquecían, para que se adhiriera más fácilmente a la memoria de lectores y escuchas.

En una conferencia que dictó en la dirección nacional Liberal, en Bogotá, contaba que, después de la Guerra de los Mil Días, cuando el partido Liberal quedó a la deriva, asumió la dirección el general Rafael Uribe Uribe, quien comenzó por intentar un balance de militantes, para lo cual envió un telegrama a todos los municipios del país, remitido en abstracto al ‘presidente del directorio Liberal’, solicitando información sobre el potencial electoral del liberalismo en cada uno de ellos. Cuando el telegrafista de Aranzazu, Caldas, pueblo netamente conservador, recibió el mensaje, pensó: “Aquí quién puede ser el presidente del directorio Liberal, si ni siquiera hay liberales”. Y después de tener guardado el telegrama dos o tres días, pensó: “Pues el zapatero no va a misa, tiene moza y toma aguardiente todos los días… Ese tiene que ser”. Y le mandó el telegrama. El zapatero, después de celebrar con una rasca el honor de recibir un telegrama del general Uribe, contestó: “En Aranzazu, el único liberal soy yo; y estoy dividido”.

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