Martes, 21 May,2019
Opinión / OCT 07 2018

Padres al borde de un ataque de nervios

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La crianza ha sido siempre una tarea muy exigente pero el mundo de hoy le suma a esta labor nuevas demandas. Cubrir simultáneamente todas las necesidades de los hijos, las necesidades personales, las laborales y las de pareja constituye una nueva dinámica en las familias que tiene a muchas a punto de colapsar.

Ser buen padre se ha convertido en un desafío inmenso que implica no fallar, no equivocarse, tener todas las respuestas, proteger a los hijos, asegurarles el éxito, ejercer control parental equilibrado, hacer un acompañamiento constante para ser su soporte emocional en un entorno inseguro, monitorear sus emociones, modular el acceso a la información, controlar las relaciones que establece. Pero además, como si fuera poco, esforzarse porque no les falte nada, lo tengan todo, no sufran o no experimenten el fracaso. Como esta es una tarea compleja, los padres se ven abocados a recorrer varias fórmulas educativas, intentar maneras diferentes de acercarse a los hijos, formar valores que guíen de manera adecuada sus vidas y diseñar estrategias efectivas y audaces que los lleve a tomar decisiones que en ultimas los hagan felices.

Lograr esto altísimos propósitos constituyen toda una hiper exigencia que está llevando a que estos se sientan abrumados y excedidos por el agotamiento físico, emocional y mental. Tanto que comparándolo con la misma vivencia del trabajador agotado y desbordado por sus tareas laborales, se ha acuñado un nuevo término denominado El síndrome del papá quemado o “burnout parental”, para referirse a la condición que experimentan los padres que sufren exagerados niveles de estrés por los gajes propios de la crianza.

Este desgaste en la paternidad tiene varios síntomas, como irritabilidad, pérdida de la paciencia y la tolerancia, falta de motivación e interés, dificultad para disfrutar de los momentos amables, baja autoestima y débil confianza en sus propias competencias . Estas condiciones llevan a desempoderar a los padres, minimizar su capacidad de empatía y conexión emocional y la claridad para saber como actuar de manera asertiva frente a diferentes eventos de la vida familiar. Configurando un espiral negativo de interacción porque a su vez la reacción de los hijos no se hace esperar: ven a sus padres desesperados, erráticos, “mamones” y ausentes y por supuesto actúan en consecuencia.

Pero frente a este panorama poco alentador es posible emprender acciones que reviertan ese círculo vicioso. Comienza por asumir que no tenemos que ser superhéroes, permitirse el ensayo y error, preguntarse por cuál es el sentido de la paternidad , no quedarse instalados en culpas y recriminaciones y darnos el mérito de lo que hacemos bien aunque no sea perfecto. Hasta cosas más sencillas como dar más paseos, encontrar maneras de descansar juntos, tener menos actividades y no ir tan rápido.

Tal vez descubramos que no se trata de hacer tanto, que menos es más y que educar los hijos no tiene por qué ser solo una pesada carga que llevamos a cuestas, aun en los tiempos difíciles.


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