Martes, 18 Sep,2018

Opinión / SEP 09 2018

Pasa hasta en las mejores familias

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En todos estos años trabajando con familias he llegado a algunas conclusiones que parecen muy obvias pero que en la vida cotidiana no resultan tan fáciles de poner en práctica. Una de ellas es entender que el conflicto, los desacuerdos, los altercados o las confrontaciones hacen parte de la dinámica de todas las familias. Son una constante cotidiana a la que nos enfrentamos en la convivencia que pone a prueba el amor, la paciencia, la tolerancia y la capacidad de autocontrol de cada miembro de la familia.

Es que la familia es por excelencia el lugar de todas las emociones. La alegría, la ilusión, la esperanza y el regocijo hacen parte de su dinámica, pero también la tristeza, el agobio, la rabia o el dolor. Es un mundo inmenso, donde existen grandes satisfacciones pero también donde se generan inconformidades y sufrimientos.

Si bien es cierto que la buena vida familiar está lejos de ser perfecta, también lo es que es posible tener bienestar y equilibrio a pesar de la presencia ineludible de los problemas, las confrontaciones o la tensión. Aprender a resolver de manera adecuada los conflictos, los grandes y los pequeños, es uno de los insumos más importantes de la canasta familiar emocional. Afortunadamente, es una habilidad que se aprende y mejora con la práctica. No viene incluida de manera automática en el “paquete” de las relaciones familiares, pero la buena noticia es que la mayoría de las veces no se necesita hacer grandes cambios, se trata más bien de acciones sencillas, de prácticas cotidianas y positivas.

Es posible aprender a expresar lo que sentimos, disentir de lo que los otros piensan, manifestar agrado o desagrado por las cosas que hacen o dicen, negociar soluciones, mantener una discusión o manifestar desacuerdo, todo eso de manera constructiva y sin hacer daño o agredir a los demás. Cuando hay problemas en el interior de la familia, las soluciones para enfrentar lo que nos hace sufrir o sentir mal las tenemos a mano, si desplegamos nuestros recursos de manera creativa, inteligente y decidida.

Eso que suena tan bonito, no es fácil, pero si posible si tomamos la decisión firme de no dejar que los problemas escalen, se complejicen y se vuelvan cada vez mas difíciles de manejar. Como dicen, no dejar que una gripa se vuelva una pulmonía. Tiene que ver con varias cosas. Una con identificar prácticas que dificultan la buena resolución de conflictos, entre ellas, permitir que los desacuerdos se convierten en una confrontación de gran magnitud y larga duración, enfrentarlos con agresión, prepotencia, repartiendo culpas y acusaciones, ignorando o evitando la situación problemática o desconociendo la posición del otro.

En contraste si frente a las situaciones problemáticas, buscamos diferentes maneras de resolverlas, tratamos de identificar de qué se trata y tenemos la actitud de revisar nuestras actitudes y reacciones. Cuidamos las palabras que usamos, el tono de voz en que las decimos y el contexto en que las ponemos. Y si además, nos esforzamos por expresar de manera clara y concreta lo que pensamos y escogemos los momentos oportunos para tratarlos y por supuesto generamos cambios significativos y sostenibles. Con seguridad estaremos mas orientados a tener buenos resultados y a descubrir que no era tan grave y que la solución estaba más cerca que lejos. 

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