Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / JUL 22 2018

Percibir el tiempo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

¿Cómo entender los cambios ocurridos de un tiempo a la fecha, de un mundo que no se reencuentra en las viejas maneras de hacer las cosas, ni en los valores tradicionales ni en las costumbres que fomentaban la vida en sociedad? 

Todo se ha transformado: la familia, la educación, la política, el amor, la amistad, el matrimonio, el comercio entre los hombres, los deseos, las expectativas, los sueños y hasta la forma en que pensamos y deliramos. La pregunta es por ese poder de cambiarlo todo; se ha encontrado en una categoría: la modernidad. Fenómeno actual cuya realidad es que nada permanece para siempre. En ella “todo lo sólido se disuelve en el aire”, como diría Marx.

Zygmunt Bauman (1925-2017) se propuso clarificar y cuestionar la capacidad de un fenómeno cultural, cuya capacidad de deshacer las cosas, nos deja perplejos. Una imagen le facilita el trabajo: el disolvente universal, lo líquido. Habla entonces de sociedad líquida, educación líquida, amor líquido. Todo en ella se licúa. Nada queda de la figura, forma o sustancia de lo que alguna vez se reconoció en su existencia.

En la modernidad está la fuerza de trastocarlo todo, arrastrarlo todo en un giro violento para volverlo a una realidad en la que no queda nada de lo que era. Las cosas no tienen la continuidad ni la permanencia que alguna vez se les reconoció; ahora lo único que opera en ellas es su transitoriedad. Su importancia es nimia, pues todo el tiempo se destaca de ellas su existencia pasajera y el movimiento de una intensidad que las lleva a desaparecer. Una afirmación condensa esta realidad: “El amor es eterno mientras dura”. 

Es la eternidad de la experiencia personal por la satisfacción y el disfrute del tiempo vivido. El tiempo sicológico, por el placer de agotarlo todo en el goce de un instante. Nada de compromisos de largo aliento, ningún esfuerzo que al final se vaya a lamentar porque no era lo que se esperaba. El tiempo es una sensación que no se quiere despilfarrar. 

Gozar lo más posible, antes de que sea tarde, y no se satisfaga la insaciabilidad de quien lo desea. Un tiempo íntimo, personal, una búsqueda de percepciones acrecentadas, una pérdida de la realidad en la alucinación, la embriaguez, el orgasmo, la euforia, el éxtasis, etc. el mayor anhelo frente al ritmo y el vértigo modernos.

La interiorización de una experiencia que concibe para sí un espacio imaginario, es decir, corporal, en un movimiento que es como si fuera la misma esencia del tiempo. Habría que aseverar entonces, que, en la percepción-conciencia del acontecer, el tiempo no existe. Se agota en la paradoja de que no hay tiempo de nada, pero que hay que aprovecharlo y vivirlo en todo lo imaginable posible. 

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