Miércoles, 19 Sep,2018

Opinión / AGO 22 2018

Periodismo al banquillo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

No será de la profesión misma, de su entraña, de donde brote una necesaria reflexión crítica sobre el rol cumplido por el periodismo durante la era Farc-Santos, binomio protagónico, indisoluble determinador de nuestro aciago presente, de ocho años de ataques al soporte ético, judicial, económico, de la Nación, y por supuesto del futuro próximo, erizado de riesgos y amenazas. Dudo incluso que alguien, individuo o institución, con independencia conceptual, y solvencia moral suficientes, se atreva a plantear un juicio de responsabilidades colocando a los mass media nacionales en el banquillo de cuestionados. Intocados e intocables en su temido sitial de cuarto poder, propietarios de medios masivos —¡invasivos!—, e informadores a su servicio, participaron en la comilona, se hartaron de mermelada. 

Luctuosas y ya olvidadas décadas de confrontación del patriarcado periodístico con las entonces en auge, mafias del narcoterror, que cobraron vidas, destrucción de instalaciones, amenazas permanentes —nombres de mártires a honrar, como Guillermo Cano Isaza o Jorge Enrique Pulido, campeones de la ética, entre más de un centenar de asesinados; cargas explosivas contra El Espectador y otros medios de información—, resultaron vanas. Nada significó para la siguiente generación de comunicadores, la defensa de la legitimidad, de los valores democráticos, bajo permanente amenaza, librada por sus antecesores. Encontraron más lucrativo y cómodo alinearse —sino aliarse—, con quien rindió el país a sus enemigos. La remunerada obsecuencia del bloque de empresas periodísticas por contratos multimillonarios con el fondo para la paz, con organismos y entidades de la órbita del extinto gobierno, dándole la espalda a la opinión mayoritaria, hizo añicos una tradición periodística de erguida independencia.

Durante medio siglo, diarios y revistas de circulación nacional, cadenas radiales, canales de televisión, nos convencieron del siniestro origen y prontuario delictivo de las bandas subversivas. Sangrientas emboscadas a la fuerza pública, atentados dinamiteros contra la infraestructura, reclutamiento de menores, secuestrados civiles y militares entre alambradas, extorsiones, bombas contra la población civil, narcotráfico y minería ilegal, eran registrados y denunciados con crudeza en páginas y noticieros. La horrenda lista de delitos y víctimas, así como la creciente protesta colectiva, quemaban páginas y micrófonos. Pero tras la derrota política de las narcoguerrillas en el Caguán, y la militar, a manos de la fuerza pública en el gobierno Uribe, llegado al poder un presidente capitulante, sin noción de dignidad nacional, el gremio comunicador cedió ante la codicia. Por obra de jugosos contratos, la voltereta semántica: los hasta ahí delincuentes, trocaron a combatientes y luego a honorables congresistas, la agresión narcoterrorista se transformó en conflicto, el secuestro en retención, el narcotráfico, en delito conexo a la rebelión, la fuerza legítima del Estado, en actor armado… De firme bastión democrático, nuestra prensa impresa y audiovisual, cuya misión era informar sin pasiones, devino en fletado instrumento de manipulación de conciencia pública. Triste episodio en la historia del periodismo colombiano. 

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