Martes, 18 Sep,2018

Opinión / ABR 17 2018

Política proscrita

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La semana pasada un grupo de calarqueños, a través del Whatsapp, acordamos reunirnos en un simpático café al aire libre, ubicado en la mejor esquina de la plaza Bolívar, para ejercer el oficio placentero de conversar impunemente, en esta ocasión, sobre las actividades a seguir en la campaña de Sergio Fajardo a la presidencia.

Al momento de ubicarnos en una de las mesas, antes de sentarnos, apareció una inefable señora que, celular en mano, seguramente como prueba sumaria de su decisión, nos salió al paso. Su sentencia fue lacónica e inapelable: “No los atendemos, porque ustedes se citaron aquí para hablar de política”.

Pero este no es el único caso en esta provincia despistada; también pasó en la campaña pasada; en algunas universidades había que pedir permiso, no siempre con fortuna, para hacer proselitismo político, dicen por ahí que en cumplimiento de una absurda directiva de Gina Parody, cuando fungió como ministra de Educación. La política, al parecer, continúa siendo expulsada de cafés y universidades, su escenario natural, su patria chica. Política, entonces, solo de puertas para fuera.

Son signos de la época, cuando la vilipendiada política, como la democracia, dejó de parecerse a la diosa Libertad, guiando entre escombros al pueblo por las calles del París revolucionario del siglo XVIII, descamisada, pero indemne, para convertirse en la Celestina, en la vieja y alcahueta prostituta, cómplice de todas la bajezas de la vida cotidiana; al punto que en los cafés, esos eternos “parlamentos del pueblo” según Balzac, que reúnen sin remilgos a los ricos y los pobres, lugares cotidianos donde se logra observar mejor el funcionamiento social, proscriben sin fórmula de juicio la política y a quienes la practican, como si se tratara de una actividad vergonzante.

Sublimados por el cine y la literatura, frecuentado por propios y turistas, el café a lo largo de la historia ha sido, en realidad, el espacio político por excelencia, el lugar donde uno se toma el tiempo para arreglar el país, lo que no deja de tener algo de provocador en un mundo obsesionado por la instantaneidad y la prisa, una forma de resistencia al vértigo vacío de estos días.

El café es la antítesis de los no lugares, de que nos habla Marc Augé, esos espacios insaboros, anodinos y sin identidad como los centros comerciales, las cadenas de restaurantes, las salas de espera de consultorios y aeropuertos.

La política, tan necesaria pero tan ausente, se convertirá, un día no lejano, en un concepto sórdido y clandestino, propio de parias, para dicha de los politiqueros de siempre, que con la complicidad y la ignorancia de dueños de cafés y universidades, pretenden privatizarla para evitar que la ciudadanía se dedica al saludable oficio de deliberar sobre lo que nos pasa. 

¡Qué ironía! el café que les menciono se llama La Tertulia. 

¡Educación Sergio Fajardo, educación!

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