Martes, 18 Dic,2018

Opinión / ENE 03 2018

Post-capitulación

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No es desproporcionado otorgarle especial trascendencia, para el porvenir del país, al nuevo año. Fatal desacierto sería no reconocer lo definitorio de cuanto ocurra durante los próximos meses en el plano electoral, con obvio impacto en la proyección macroeconómica y social, o no actuar, no decidir, a conciencia y en consecuencia. El proceso electoral ya en marcha trazará nuestro rumbo colectivo, no sólo para el próximo cuatrienio, sino para el futuro de mediano y largo plazo. Detesto el impostado término “postconflicto” por varias razones; la principal, su evidente falsedad histórica -post rendición, post capitulación ante el narcoterrorismo, serían expresiones más próximas a la verdad-; después, porque bajo esa truculenta denominación pretenden imponer como verdad un embuste colosal: con la firma del presidente y la del jefe de una banda delincuencial en un mamotreto impreso, quedan superados de tajo y para siempre los factores “objetivos” de la violencia rural y urbana. La realidad es terca y bien distinta. Narcocultivos, narcotráfico, minería ilegal, sus principales generadores e instigadores, lejos de haberse reducido a proporciones controlables, a un problema policivo, por obra y gracia de los pactos Farc-Gobierno se han convertido en una repotenciada amenaza contra la seguridad colectiva, la salud pública; contra la economía y las instituciones legítimas de la nación. ¿Más de 200.000 hectáreas de cultivos de coca, 1.000 toneladas métricas de cocaína anuales, el boom destructor del microtráfico carcomiendo los cuerpos, las conciencias de nuestra juventud, de la autoridad, en campos y ciudades, pueden seguir siendo vistos como “aporte” al bienestar del mundo o el pasaporte hacia la elusiva paz interna?

Entre asuntos mayores a dirimir en la próxima contienda electoral para Congreso y presidencia de Colombia, convergente con lo anterior, figura así mismo el entorno agro. La perspectiva de una reforma agraria integrada a los fatídicos pactos, en los cuales se comprometen cuatro millones de hectáreas, pende como amenaza inminente sobre el país productivo y contra el régimen de propiedad privada, soporte del estado liberal, de la democracia misma. Quieren hacernos creer, y muchos parecen dispuestos a aceptarlo, iterando el fracasado discurso chavo-castrista, que el origen de los males está en la distribución de la tierra. Bien entrado el siglo XXI, cuando la econometría señala nortes de desarrollo y prosperidad por completo opuestos al esquema agropecuario minifundista, la recalcitrante zurda, apegada a la dialéctica marxista ortodoxa, se reedita, se reencarna en populismo de consignas efectistas, para crearse un sustrato social pre sentenciado a la indigencia, a la pobreza inducida e insuperable, pero adepto a su codicia de poder.

¿Votarían ustedes sin cargos de conciencia, a favor de quienes acompañaron a Santos en la insensata entrega del país a sus enemigos -blindados ahora contra la acción penal de la justicia-, a quienes nos mantienen en permanentes zozobras e incertidumbres, sin posibilidad de reacción, o ha llegado la oportunidad de entrar en razón, de sacudirnos, de corregir el rumbo?

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