Sabado, 20 Jul,2019
Opinión / ABR 18 2019

Pretendemos estar sanos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Llegar a urgencias del hospital departamental en la fría madrugada de un jueves alteró mi conciencia de saberme sano. La enfermera de turno hizo el registro y anotó que no tenía otros síntomas diferentes al dolor en pecho y espalda. La tensión y frecuencia cardiaca eran normales por mis antecedentes: dieta balanceada, ejercicio físico diario y ningún medicamento.

El resultado alterado del primer electrocardiograma sirvió para pensar en la muerte. Contrario a los pacientes que ingresamos al hospital con la idea de salir con vida, sanos y salvos. El nerviosismo creció cuando el examen de sangre indicado encontró alterado el nivel de troponina.

“Con este resultado no hay duda, dijo mi hijo médico, viajo ya para Armenia. Papá usted está bien atendido y lo siguiente es un cateterismo”. Acostado en una camilla en la sala de urgencias veía pasar gente, médicos y enfermeras —trajín diario de un hospital—, sin sufrir los agudos dolores iniciales, por efecto de los medicamentos.

Por sugerencia de mi esposa corrieron mi camilla para hacerle espacio a otro paciente. Casi la podía tocar con mis manos. La sangre cubría parte de la sábana y sus lamentos herían mi corazón, tanto que decidí no mirarla más, cerrar los ojos y pensar. “Hace once días recordé la muerte de Gabriel García Márquez. ¡Qué curioso, un jueves, si el Jueves Santo de 2014!”

Lo pasado se recuerda en minutos. Es el milagro de la vida, pensar en seguir adelante aprovechando cada instante, hasta que la muerte ocupa de nuevo ese temido espacio. Recordé la novela Crónica de una muerte anunciada porque Santiago Nasar se levantó a las 5:30 a. m. el día que lo iban a matar. Era de nuevo Gabo, pero no moriré, pensé, mi caso es distinto. Miré el reloj: eran las 5:30 a. m.

Camino a la pieza asignada en el cuarto piso, 401 o 402, no recuerdo, levanté la cabeza y miré otra camilla donde llevaban a mi compañera de urgencias para la morgue. Iba cubierta de pies a cabeza con su cobija de colores. La reconocí porque al lado su esposo cargaba la misma bolsa plástica negra con sus pertenencias que antes estuvieron debajo de la camilla.

A las 5:00 p. m. el médico de turno indicó que debían llevarme a la Unidad de Cuidados Intensivos, UCI. Al cubículo 8 no lo olvide, es al 8, dijo. ¿Es grave, qué ocurre?, pregunté. Infarto subendocardiaco agudo del miocardio.

Mi hijo tenía razón. Con el implante de un stent el viernes a las 7:30 p. m. regresé a la UCI. Sentí alivio, hasta la mañana. Otra paciente del lado murió. Esta vez lo advertí por los gritos y llanto de su hija.

Después del ecocardiograma que mostró un corazón sano, “sin trombos en cavidades”, salí el lunes para la casa. Pensé en Pablo Neruda: “…el corazón pasando un túnel/ oscuro, oscuro, oscuro/ como un naufragio hacia adentro nos morimos…” Atrás quedaron distintos pacientes agonizantes, muchos muertos y otros con la salud justa para seguir viviendo. 


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