Martes, 21 May,2019
Opinión / ENE 20 2019

Progreso y valores humanos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El progreso en la vida material y espiritual de las sociedades es indiscutible, y a pesar de un pesimismo absurdo que se atiene a lo peor, hay que reconocer que son muchos los cambios en el modo de percibir el mundo, el aprendizaje, en la concepción de lo humano y en las realidades políticas, económicas y sociales. 

Lo más importante es que con las transformaciones que el progreso conlleva se afianzan y amplían valores de carácter universal que orientan y fortalecen la acción social y los derechos humanos. De ahí que valores como justicia, equidad, solidaridad, igualdad, son principios-guía y fuerzas destinadas a realizar el bien común y a consolidar un sujeto de derechos con capacidad para crear y transformar la naturaleza y, sobre todo, a nosotros mismos. 

El acceso a la tierra es un ejemplo de cómo los derechos se consolidan por sobre la violencia, los conflictos, las luchas, los desplazamientos y por la conciencia de que el desarrollo del país, la paz y sus beneficios, pasa por la restitución de la propiedad y por la redistribución del recurso bajo premisas de justicia y equidad. Una especie de “democracia propietaria”, en términos de John Rawls, que supone también volver a la tierra bajo criterios de rentabilidad, producción, mercadeo, siembras, cultivos, uso, nutrientes, porque de nada vale un terruño sin recursos suficientes para integrarlo a la economía de mercado, que además requiere de vías terciarias —solo el 10% de los 175.000 kilómetros se encuentra en buen estado—, de un régimen laboral acorde con la realidad del campo, salud, educación y disponibilidad de servicios públicos. El problema de la tierra y la cuestión agraria reclaman un enfoque realista y efectivo y de acciones institucionales, políticas y sociales que prioricen el campo como factor de progreso.

Lo anterior demanda cambios radicales en la solidaridad humana, que anclada en la empatía, no se reduce a intereses de carácter particular o gremial, sino que se hace extensiva a un conglomerado más amplio que se forja un ideal de nación en unidad de propósitos. La función pública del legislador es la de ampliar al grueso de la población los beneficios sociales y los bienes de la democracia como propósito primordial.  De este modo el campo se convierte en un bien social, que se ha de proteger y privilegiar, porque en él se sustenta la seguridad alimentaria y el desarrollo de los pueblos. Un ideal de progreso no se corresponde con la imprevisión y el abuso con la tierra, que aunque sea de propiedad privada, es el lugar que nos da identidad y sentido de existencia y mal haríamos en destruirla en beneficio propio, egoísta, mezquino y terrible por el daño que causa. 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net