Lunes, 16 Sep,2019
Opinión / MAR 25 2019

Promesas

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Hasta hace poco la palabra teleférico, constituía el expediente para sacar de apuros a tanto político colombiano en trance de buscar una contraprestación decente para estimular el entusiasmo ya casi marchito de sus potenciales electores.

 Teleférico, vehículo que veíamos oscilando a lo largo de la pendiente azul del cerro de Monserrate en Bogotá, que luego adoptó Medellín para redimir la movilidad de sus barrios periféricos, en los últimos años fue trasladado a las mentes ingenuas  de los electores colombianos como una aspiración más del inventario de frustraciones, dentro de la línea de promesas adoptadas como  por ensalmo por los políticos en campaña.

 Candidato que se respetara, de corregidor para arriba, tenía en el abigarrado muestrario de sus ofrecimientos, además de educación, seguridad y empleo, un teleférico, para maquillar los infinitos problemas de nuestras comunidades permitiendo envolatarles los propósitos de desarrollo y progreso.

 Promesa de esas que siempre han esgrimido y que van cambiando con los tiempos y las modas para influir en las expectativas de las comunidades, ustedes recordarán las microempresas con que los provincianos políticos de tres pesos amenazaban inundar el mercado de trapeadores o de hipoclorito de sodio para desmanchar pisos. Todavía me acuerdo de una inefable candidata que  no cargaba agua en la boca para acomodarle unas cuantas fami-empresas a su flaco discurso de campaña.

El puesto de salud, la caseta comunal, plantas de tratamiento de agua, después vinieron, los famosos acuerdos en notaria con la comunidad, de los políticos que pretendían protocolizar sus promesas de “buenas intenciones” a cambio del respaldo en las elecciones , y  no faltó la oferta de salas de informática para todas las escuelas y colegios, verdaderas pirámides verbales a  las que, pese a los desencantos,  le siguen apostando  ingenuamente los electores que terminaron con el olfato atrofiado para detectar la fetidez de tanta oferta incoherente.

 Valdría la pena hacer un estudio que  permitiera calibrar la aptitud y densidad de los políticos a través de  sus promesas, de  sus ofrecimientos, mirados desde la coherencia y la pertinencia con los imaginarios colectivos de los destinatarios, ahora que la política se privatizó y para su éxito pesa más los ofrecimientos y la artillería financiera  que las ideologías.

 Winston Churchill en medio de los urgencias inaplazables que le planteó la amenaza nazi a Inglaterra a mediados del siglo pasado, para granjearse el apoyo de sus conciudadanos solo les ofreció sangre, sudor  y lágrimas, y Luis Carlos Galán dejó claro siempre que no  aspiraba  a cambiar la sociedad,  sino  a modificar la manera de pensar de los colombianos, que es tal vez la más radical y más ambiciosa de las promesas. 

Guardando las debidas proporciones, valdría la pena,  por estas épocas  revisar nuestras propias expectativas y cotejarlas con las promesas que  se van  encendiendo en el firmamento electoral, para empezar a consolarnos de lo mucho que nos quedaran debiendo.

 


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