Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / MAY 22 2018

Prosa es joven

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Y cuando escribo joven quiero decir irreverente, rebelde, crítica, contestataria, digna, utópica, sobre todo utópica, porque en prosa se vale soñar.

Soñar, por ejemplo, con que algún día seremos un producto distinto. Con que, más temprano que tarde, la juventud se verá obligada a romper las cadenas que la atan al pasado escabroso y pedernal de sus abuelos, al ayer sanguinolento, al patrioterismo infame, a la mierda perfumada por godos, generales, predicadores y burgueses. Tal vez hoy, de seguro mañana, algunas cosas cambiarán para siempre. Los muchachos lo saben, y al cambio le están apostando. Sus piernas se resisten a la costumbre del arrodillamiento. Se niegan sus manos a prolongar el ademán pordiosero. Se oponen sus mentes al maldito contratiempo, a la herencia de los miedos, al imperio de las penas y las vergüenzas ajenas, de las envidias y los recelos tan nuestros. Los muchachos saben pensar, y lo hacen por cuenta propia. Su nivel de consciencia de a poco da vida a una nación libre de desequilibrios y poderosos desequilibrados. No cabe duda de que marcarán con indeleble impronta el futuro de los pueblos. Que harán de la identidad, la dignidad y la justicia, la paz que todos merecemos. El pensamiento de Vargas Vila, Fernando González y Estanislao Zuleta no habrá fluido en vano, y la historia de Colombia tendrá que escribirse de nuevo, quizá, ¿por qué no?, de adelante hacia atrás, como lo propuso Tertuliano Máximo Afonso, el hombre duplicado de Saramago. Sí, en prosa se vale soñar. Se vale porque importa y duele la realidad. Importa y duele que cada amanecer sacuda y entristezca con sus malas nuevas. Que el agua sepa a cianuro y las esquinas huelan a muerte. Que la tierra sea fértil para el opulento y tumba para el que no la tiene. Que el río se desquite con el pobre y el pobre yazca eternamente en el olvido. Importa y duele, pero no limita. “¿Qué les queda a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?”, se preguntó Benedetti, “¿solo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?/también les queda no decir amén/no dejar que les maten el amor/recuperar el habla y la utopía/ser jóvenes sin prisa y con memoria/situarse en una historia que es la suya/no convertirse en viejos prematuros… descubrir las raíces del horror/inventar paz así sea a ponchazos/entenderse con la naturaleza/y con la lluvia y los relámpagos/y con el sentimiento y la muerte/esa loca de atar y desatar…”. Prosa es joven. Y seguirá diciendo lo que sienta necesidad de decir, a su tiempo, sin tratar de convencer de nada a nadie. Hoy son más los que se atreven a narrar en La posada del ficciópata, a opinar en Polo a tierra, a poetizar en El balcón de Erato. Ya está lista la segunda edición. Lo invito a leerla.

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