Miércoles, 17 Jul,2019
Editorial / JUN 10 2019

Qué terquedad

Estamos entre la voz de la comunidad, esa que casi nunca se equivoca y la terquedad de un gobierno nacional que se niega a escuchar y entender a quienes conocen el país porque lo caminan, lo huelen y lo escuchan todos los días.

Qué terquedad

El mismo día que en nueve departamentos del país miles de ciudadanos salieron a marchar reclamando la protección del agua y para pedir por enésima vez que la minería contaminante no tenga patente de corso en Colombia, en la sala del Consejo de Estado se llevaba a cabo la audiencia pública inicial en demanda contra el marco regulatorio para el fracking en Colombia.

Ir a las calles es lo único que le queda al angustiado ciudadano porque ya no cree en el Ejecutivo, ni en el Legislativo, ni en el Judicial para que defiendan una causa tan universal como la protección de la vida, el agua, el aire y los alimentos; y no cree porque ni siquiera entre estos poderes hay claridad. La amenaza que supone el fracking para la vida es tan grande como la montaña que con gritos, pancartas y hasta con su vida buscan defender quienes sí entienden que por buscar oro nos podemos morir de sed.

Mientras en las calles se leía “La mina contamina”, “Mil máquinas jamás podrán hacer una flor”, “Somos la voz de la tierra”, “El Quindío es un departamento megadiverso, no megaminero”, “La agricultura es nuestra tradición, la extracción de oro no”, “Nuestra diversidad en fauna y flora nos hace más ricos que todo el oro”, en la sala tres del Consejo de Estado se proponía que una de las pruebas en el proceso fueran conclusiones producto de la realización de planes piloto de fracking, y desde el tribunal supremo se pedía la elaboración de un nuevo informe técnico y científico por expertos de la universidad Nacional de Colombia.

Estamos entre la voz de la comunidad, esa que casi nunca se equivoca y la terquedad de un gobierno nacional que se niega a escuchar y entender a quienes conocen el país porque lo caminan, lo huelen y lo escuchan todos los días. Y entre estas dos fuerzas hay un ordenamiento jurídico caótico y una lucha de poderes que ahoga la denuncia ciudadana y que opaca el reclamo de líderes sociales como los de San Martín en el Cesar que aseguran, y con pruebas, que allí una compañía ya hizo, con licencia de yacimientos convencionales, pruebas en yacimientos no convencionales en el pozo Pico Plata número 1 y que eso lo sabe, desde 2016, la Contraloría General de la República.

Hay muchos estudios a nivel mundial que coinciden en advertir lo catastrófico que ha resultado el fracking en donde se ha practicado. La sola definición de esta técnica es apocalíptica: “Inyectar en el suelo grandes cantidades de agua con aditivos químicos y arena para fracturar rocas a varios kilómetros de profundidad y hacer fluir hidrocarburos”; en varios Estados de EE. UU. y en Uruguay ya se prohibió está arrasadora manera de buscar 'riqueza', hay numerosos estudios científicos sobre las graves consecuencias del fracking, la misma comisión de sabios convocada por el presidente Iván Duque concluyó que Colombia no está preparada para implementarlo, y en noviembre del año pasado el propio Consejo de Estado suspendió provisionalmente los actos administrativos fijados por el gobierno nacional para la exploración y explotación de hidrocarburos en yacimientos no convencionales. ¿Se necesita algo más?

Requerir a la comunidad científica internacional para que aclare si los riesgos asociados al fracking son sobre la salud humana o el medioambiente, y averiguar si son mitigables o irreversibles es un absurdo. La vida en cualquier manifestación es importante y los daños mitigables se vuelven irreversibles.

Pedir que se hagan pruebas para averiguar si es conveniente o no el fracking es ensayar con la vida de las comunidades y atentar contra la condición de territorio biodiverso, es además faltar al principio de prevención y precaución. Las pruebas además arrojarían resultados varios años después de iniciadas; que se basen, por ejemplo, en los resultados que ya arrojaron las pruebas hechas en 1.800 pozos en Estados Unidos.

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