Lunes, 24 Jun,2019
Opinión / ABR 17 2018

¡Que vuelvan!

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Al refugiarme del mundo bajo el calor fraterno de tus alas níveas, toda contrariedad pareció ser más liviana. Todo fardo de dudas, todo peso excesivo, un poco más llevadero. Si alguna certeza se convirtió en incógnita, la tomé por el pescuezo de la historia, buscando resolverla de una vez por todas y para siempre.

Sin embargo, nunca antes tuve tal recelo hacia mis propias convicciones. Más que nada, hacia mi propia manera de hacer las cosas, de ejecutarlas casi siempre a la ligera, torpemente, sin pensar en consecuencias. Aunque vencí pánicos y mordazas, dogmas y miopías, aunque hice hasta lo imposible por descifrar dicotomías y antinomias, ningún esfuerzo me libró del golpe que la vida misma, cobradora implacable de estupideces, me propinó en la cara. Elucubré tantas teorías como pude, traté de ubicarte prontamente, de entender que eras posible, pero ya no estabas, pero ya no eras. Soslayé seis o siete abismos de camino a la ilusión, creí que nuevos tiempos vendrían, ingenuo, sin presentir siquiera que nuevamente, y esta vez con todos los ímpetus que la impunidad vitalicia otorga, los criminales acecharían como otrora lo hicieran, avasalladores. Que prometerían abonar la tierra con sangre y embadurnar los espejos con mierda y repetir la historia para ponernos otra vez, desde la nada, maldita sea, a soñar con que algún día, paz, con que algún día. ¡Quién podría creer que la derrota es un aliciente! Quién podría creer que aquí estoy, que no estoy solo, que me mantengo en pie y esperanzado, caminando, yendo o viniendo con la frustración refundida en el bolsillo trasero del pantalón, con el dolor a cuestas a manera de incentivo, con lo que me queda de vida y cerebro como arma, eligiendo la vieja calle, la calle tantas veces recorrida, la calle a la que nunca le encontré salida, la calle en la que resbalé y volveré a resbalar, tercamente. Aquí estoy y seguiré estando, no yaciendo. Y seguiré viviendo, no muriendo. Amando, no queriendo. ¡Que vuelvan los criminales! Que hagan florecer las balas y las motosierras, que alisten los cepos y las cadenas, que desborden su obsesión sicopática y su odio enfermizo, que den vida a sus sueños de seguir matando, de expulsarnos de esta tierra, de regar con nuestro miedo sus semillas. ¡Que vuelvan! Que rompan el pedacito de optimismo que nos queda, que empoderen a los guardianes de la inmundicia, que ahonden el dolor y la miseria. ¡Que vuelvan! Que terminen de llenar sus bolsillos con el hambre de sus fieles, que destrocen cortes, códigos y leyes, que hagan de este barrial el infierno previsible. ¡Que vuelvan! Que vendan el agua y el oxígeno, que prohíban beber y respirar, que tiñan de luto el verde de las plantas. ¡Que vuelvan! Que aún queda pueblo por masacrar.


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