Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / FEB 16 2017

Rabia en el corazón

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El reciente escándalo desatado por los manejos cuestionables en la EPQ y por el salvaje incremento de la tarifa para sus usuarios es una prueba –otra más– de la rapacidad de la clase política local y nacional. Da rabia ver las instituciones públicas convertidas en botines burocráticos destinados exclusivamente a saciar el hambre de los politiqueros de turno y de sus patrones en Bogotá. Adormecidos por las dosis de apatía inoculadas por los medios noticiosos, los ciudadanos hemos perdido la capacidad de traducir la indignación civil en movimientos de protesta capaces de poner en jaque a los villanos que en mala hora se adueñaron de los negocios públicos. Vale la pena gritarlo de nuevo, así sea en el desierto: las prácticas de corrupción ética y política –las responsables de llevar al borde del abismo a la sociedad colombiana– jamás serán desactivadas si nosotros, los de a pie, no ejercemos estricta veeduría a las decisiones de los funcionarios públicos. Si no exigimos, so pena de revocarles las credenciales, el cumplimiento de las promesas de campaña.

En nuestra historia departamental los caciques electoreros son presencias constantes y peligrosas. Sandra Hurtado y alias Toto, su consorte, hacen parte de una estirpe política que incluye los nombres de Emilio Valencia, Alba Stella Buitrago, Efrén Tovar, Juan Carlos Giraldo, David Barros, Amparo Arbeláez, Mario Londoño y muchos otros. En las anteriores votaciones los quindianos en las urnas le dimos un sonoro y claro NO al proyecto fucsia de Cambio Radical. No obstante, ni el padre Carlos Eduardo Osorio ni Carlos Mario Álvarez han sabido darle un timonazo al Quindío y a Armenia. De momento no albergo dudas de su probidad y buenas intenciones, pero el reloj corre en su contra de no llevar a feliz destino las propuestas de transformación por las cuales los votantes los distinguimos con los cargos que hoy ocupan. Si los mandatos de ambos no brillan por la eficacia del trabajo en procura del bien común, si no convierten sus palabras en obras a favor de las poblaciones vulnerables, habrán traicionado la confianza en ellos depositada y con seguridad en las próximas elecciones las riendas volverán a las manos de los de siempre. Aquí bien vale la pena recordar el pasaje del Evangelio en el que Jesús le pregunta a sus discípulos: “Si la sal no sala, ¿para qué sirve?” La respuesta del predicador de Galilea es contundente: “Para ser pisoteada”.

En breve –me empecino en creerlo, a pesar de las señales adversas– los quindianos, sin importar las filiaciones de bandería y los matices ideológicos, confinaremos al ostracismo social y político a los culpables de hipotecar el presente y futuro de los habitantes de este territorio, de convertir la democracia en un juego de tahúres y vagos. De lo contrario, bien merecidos tendremos nuestros males.

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