Domingo, 20 Oct,2019
Opinión / DIC 27 2018

Relato navideño

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El hombre subió las escaleras en forma de caracol que lo conducirían a la buhardilla donde conservaba celosamente su biblioteca, portaba entre sus manos un facsímil del libro: Sobre el infinito universo y los mundos, de Giordano Bruno. Tenía el presentimiento de haber descubierto un arcano ritual que estaba dispuesto a poner en práctica.

Hace algún tiempo, la lectura de Ética demostrada según el orden geométrico, de Baruj Spinoza, ya le había despertado esta intuición: Dios es la sustancia infinita que está en todas partes, ocupando todo espacio, por lo tanto todo lo que existe en la naturaleza es sagrado; ahora, el texto de Bruno corroboraba su sospecha.

Seis mandatos  exigirían este culto pagano:

Amar la naturaleza que está en todas las cosas como sustancia infinita y sacra. 

Frecuentar el encuentro con Natura comiendo y bebiendo lo que ella prodiga, agradeciendo su generosidad en banquetes junto a los amigos.

Reconocer a las creaturas como hermanos, inmanencia de Dios, en formas de lo humano, la fauna y la flora. 

Investigar sobre la grandiosa máquina inteligente emanada de su esencia para descubrir el encantamiento y esplendor de la existencia.

Procurar no atentar contra el ecosistema que sería profanar el templo sagrado de la creación. 

Evitar comprar y consumir basuras tecnológicas y comida empaquetada que  contribuye a la contaminación y destrucción de la vida.

Una vez concluido el hexálogo se dispuso a preparar su viaje interior que lo materializaría en una excursión de vacaciones de fin de año. Como compañeros eligió dos libros: Historia breve de Colombia, de Jorge Orlando Melo e Historia de Colombia y sus oligarquías, de Antonio Caballero, pues quería actualizar sus conocimientos de historia sobre su país con dos miradas agudas y críticas.

Invitó a su amigo  Russell, un labrador negro, que lo seguiría en su marcha rumbo a las montañas de Salento, Quindío, donde había alquilado una cabaña para pasar las navidades alejados de la pólvora, el ruido de las motos, la congestión del tránsito, el río de consumidores y atracadores, y las bandolas de borrachos con sus altoparlantes a decibeles que enloquecen.

Antes de salir empacó dos botellas de buen vino y unos cuantos emparedados sin carne roja. A medida que trepaban las montañas sus pupilas, sus respiraciones, sus oídos, todos sus cuerpos se expandían y se confundían con un sagrado bosque de místicos perfumes.


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