Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / SEP 02 2018

Renace un escritor caldense

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Hace años, muchos años –cuando residía en Armenia–, oí hablar por primera vez de Tomás Calderón. Fue poco lo que supe de él, fuera de que había muerto dos décadas atrás y se había destacado como columnista de La Patria con el seudónimo de Mauricio, y además sobresalía como escritor y poeta. 

 

Solo ahora vengo a saber quién era en realidad Tomás Calderón, por la antología que publica el historiador y escritor caldense Pedro Felipe Hoyos, con prólogo de Augusto León Restrepo, exdirector de La Patria.  Esta bella edición consta de 255 páginas en tamaño 21 x 23 cms., y está elaborada en excelente papel y enriquecida con añejas fotos de personas, paisajes y otras referencias de la región. 

Tanto el prologuista como el compilador presentan enfoques valiosos acerca del escritor y su obra, la que se recoge en este acopio de páginas exquisitas, de que disfrutaron los lectores del diario manizaleño durante los 33 años de ejercicio periodístico del personaje hoy olvidado, que nació en Salamina el 7 de marzo de 1891 y murió en Manizales el 18 de mayo de 1955. 

Hay algo que me anima sobremanera al leer sus escritos: el camino. El sentido del viaje, del movimiento, del tránsito por las rutas de la vida le imprimía nervio, aliento, poesía. Una vez manifestó que quería para su tumba este epitafio: “Aquí yace un camino”. Soy otro enamorado de los caminos. En mi libro bautizado con este rótulo en 1982, digo: “La vida está cruzada por caminos. Cada idea es un camino”. Otra obra mía es El azar de los caminos (2002). Tal vez este apego sentimental fue el que me hizo ganar el título de barón de los caminos, otorgado por la Imperial Orden de la Doctora de la Iglesia Santa Elizabeth de Hesse –Darmstadt–. 

Tomás Calderón escribió páginas magistrales. Una de ellas es la dedicada a Rosalía Mendoza, la gitana. La conoció cuando la llevaban en el ataúd para el cementerio, y meditó: “Tuve la impresión de que se moría el alma de un camino, de tantos que tiene el mundo”. Luego confiesa para sí mismo, cuando hacían desaparecer a la gitana bajo las paletadas de tierra: “Serías mi novia, Rosalía Mendoza. Bajo el embrujo de tus ojos pensativos, yo sería un poeta triste de senderos, melancólico de ciudades viejas, enfermo de mares…”. Esta declaración estremecida me hace evocar los poemas enamorados de Baudilio Montoya, el rapsoda del Quindío, al borde de los caminos. 

Otra crónica memorable es la que pinta el furor de la borrasca en la profundidad del monte, como si el desastre sucediera en el mismo momento de la lectura. La mortaja es un cuento alucinante que tiene como protagonista a sor Juana de la Cruz, y deja en la mente del lector la sensación de la santidad y el amor reunidos. Fue maestro de la legítima crónica, así como del adjetivo preciso y la metáfora refulgente. 

Las letras caldenses están de plácemes con el rescate de este gran escritor olvidado, fallecido hace 63 años. Lo mismo debe ocurrir con Luis Yagarí, cuya muerte ocurrió en Manizales en 1985, y que también permanece en el olvido. Ambos, brillantes cronistas de vocación, hicieron una época. 

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