Domingo, 22 Sep,2019
Opinión / DIC 17 2018

Rodrigo Iván López Echeverry

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La muerte de Rodrigo Iván López Echeverry, ocurrida el viernes pasado, entristece a los calarqueños, quienes lo tuvimos siempre como un referente del pensamiento político y cultural. Rodrigo Iván inspiró por muchos años con sus tareas como profesor, concejal, alcalde y hombre de letras, mucho de la rebeldía ilustrada que caracterizó a la ‘Villa del Cacique’ en una época y que le dio respetabilidad en el escenario regional, antes que trocáramos, ‘por un plato de lentejas’, nuestro perfil de pueblo libre.

Rodrigo Iván, con sus condiciones excepcionales de intelectual brillante y político genuinamente honrado constituyó siempre un espécimen raro, en esta época obsedida de políticos ambiciosos e insustanciales. Lo suyo fue la vida ligada al pensamiento: la literatura y la política ocuparon buena parte de su atención, donde convivían, sin incomodarse, desde la maestría de los clásicos franceses hasta la dialéctica aplicada al materialismo histórico de Marx, aunque más allá de sus afinidades intelectuales fue un liberal y un demócrata sin fisuras, tal vez uno de los mejores exponentes de ese pensamiento en la región.

Había, además, un respeto a las formas y las maneras que lo alejaban de la época, que lo hacían un caballero digno y decente, correcto y formal, que ya solo existen en la literatura, esos que aceptan la muerte con naturalidad y sin vulgares aspavientos.

Su perfil fue siempre el de un hombre de la política, de los que se pueden mostrar, con una inteligencia y capacidad de servicio que lo pudo llevar a grandes responsabilidades en la vida regional, pero malogrado por la falta de respaldo de una sociedad municipal que desconoce las virtudes de sus coterráneos, distraída por los espejismos de las mediocridades foráneas siempre que vengan forradas de dinero o canonjías, vileza con las que, ciertos negociantes —mayoristas— de conciencias, han venido labrando poco a poco la pobre condición de pueblo subalterno. 

Rodrigo Iván López Echeverry, el Camarada, nos deja su historia, con cimas y declives, su patrimonio, que debió ser siempre motivo de orgullo, y una amistad que fue una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, a la que debo experiencias estimulantes, esas que nos desagravian de los malos momentos y nos revelan que, hechas las sumas y las restas, la vida, después de todo, vale la pena vivirla. 

No sé porqué hoy me invade la incómoda sensación, que, además de los amigos, detrás del sepelio de Rodrigo Iván López, desfila también la dignidad adolorida de un Calarcá que tuvo en él a uno de sus ilustres portaestandartes, y que hoy se confunde en la orfandad y el ostracismo a la espera de una hipotética reivindicación por cuenta de sus mejores hijos.


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