Martes, 20 Ago,2019
Opinión / MAR 23 2019

Sangre tanta sangre

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Rimbaud, a sus 18 años de edad ponía proa por venas y arterias rotas: “¿Qué nos importan, di, corazón, estos charcos/ de sangre y brasa, mil crímenes y largos gritos/ de rabia, estos sollozos de un infierno que arrasa/ todo orden?”. ¿La bandera colombiana debía tener un solo color? Rojo. O combinadas gradaciones de tal matiz, entreverándola como venas: amaranto, bermellón, carmesí, carmín, cadmio, encarnado, escarlata, granate, rubí, terracota, sanguíneo.

El color ensangrentado. Cualquiera de los tonos que representan la sangre. No la sangre que es vida sino la sangre por donde los colombianos navegaron y seguimos levando anclas hacia la guerra. Naciste entre sangre desaguada por cualquier razón. Te arrullaron, bebé, con cantilenas dolorosas de la sangre que salta y que cae, que chorrea y rebota, que gira por la derecha, por la izquierda, por el centro, te adormecieron, anciano. Sangre catarata y manantial y gota, por cualquier orilla escarlata. Sangre desde la escuela, donde te enseñaron sus denominaciones patrióticas o antipatrióticas. Espectáculos donde los animales contribuyen con la suya para que las fiestas continúen empapadas con sangre. Se le dan nombres religiosos, políticos, sociales y económicos para enfatizarle o degradarle, a la sangre, su ominoso sabor. Licenciaturas en sangre. Doctorados en sangre. Poetas y pintores de la sangre. Músicos de la sangre. Abogados de la sangre. ¿Jesucristo  derramó la suya por ti? Los colombianos debaten, padres de la patria, no para evitar derramamientos de sangre sino para exigirlos en nombre de intereses ideológicos y doctrinas económicas. Los ideales de vida sangran por toda hendidura. Tantos verdes en Colombia, teñidos con rojo. Incontables azules convertidos en rojos. Nos inunda la sangre ajena y pensamos solo en construir embarcaciones quebradizas para navegar los pantanos de sangre, las marismas de sangre, los piélagos de sangre. Sangramos y nos sangran.  Tantas lágrimas rojas. Tanto sudor rojo. Bramidos rojos que sangran. Millones de colombianos murieron creyendo que esa sangre vertida era normal. Otros, reservistas entrenados para derramar su sangre o la ajena, esperan el  siniestro llamado celebrando vanos heroísmos, para derramar la suya o la ajena hasta morir sangrando porque creen cumplir con su deber. Ningún rótulo justifica derramar la sangre propia o ajena. ¿Tus  virtudes deben teñirse de rojo para ser virtudes?  ¿Qué tanto saben a sangre tus inmoralidades o ideales? Pensamientos y emociones que solo riman con sangre. ¿Si no hay sangre no hay valentía? Sangre como corolario de cualquier pensamiento.  De acuerdo, Federico, yo tampoco quiero verla, “…que no hay cáliz que la contenga,/ que no hay golondrinas que se la beban,/ no hay escarcha de luz que la enfríe,/ no hay canto ni diluvio de azucenas, /no hay cristal que la cubra de plata”.


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