Lunes, 17 Jun,2019
Opinión / FEB 07 2019

Santos y la república del terror

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El régimen de Santos  respondió a un objetivo primordial: hacer que la injusticia, el atropello, el horror fueran considerados como hechos normales dentro del proceso de  su ‘búsqueda de la paz’. Santos creó un espejismo: el de una sociedad que los distintos medios de comunicación se encargaron de mostrar  como una sociedad gobernada  por una élite impoluta  que, sin embargo, rápidamente  se convirtió  en lo que se llama una sociedad de provecho.  El caso Odebrecht es apenas la punta del iceberg sobre lo que supuso  la presencia de una monstruosidad  jurídica que se hizo invisible gracias a la previa  corrupción de ciertos representantes de la justicia, al desafuero burocrático aceptado como legítima  estrategia electoral, típico recurso totalitario, para demostrar que nadie se salva de ser corrupto y sobre todo que el mal es inherente a la condición del ser humano.

La violentísima película de Pasolini, La República de Saló, ilustró crudamente la manera en que el poder en manos de desalmados  lo  que busca es degradar  al ser humano  al  hacernos   creer que lo más abominable es algo normal y de esta manera  aceptar la sumisión como algo natural. El santismo  no tuvo escrúpulo alguno para subvertir la ley y la justicia para obtener un premio Nobel de papel. En este proceso elaborado minuciosamente por una mente enferma  los Fake News fueron puestos en circulación por esta fábrica de mentiras y difamaciones por parte de un periodismo que  terminó por degradar el lenguaje, la ética profesional. Lo que la llamada izquierda no alcanzó a prever por pura ceguera moral era el hecho de que esta degradación de lenguajes y costumbres terminaría por arrastrarlos también a la degradación política y  la complicidad ante  la injusticia  bajo el lema de que todo estaba permitido por la paz.

Al perder el lenguaje su dimensión moral se precipita al abismo donde se justifican el crimen, la humillación a las víctimas. Un atentado terrorista, recuerda Baudrillard,  no es una revolución sino una implosión o sea un agujero negro que se traga a quienes lo justificaron. Insinuar que el horrendo atentado que mató a 21 jóvenes cadetes y dejó heridas a 65 personas  ‘pareció’  responder al objetivo de impedir el plantón que  pediría  la cabeza del fiscal Martínez, tal como lo hizo en unas declaraciones Jorge  Robledo,  constituye  un  despropósito de alguien que fue un eminente profesor, un notable congresista y parece hoy haber sido devorado por la degradación santista que a hombres de ideas los convirtió  en ‘legionarios de la paz’. El video de Márquez es para la justicia universal  un “enaltecimiento del terrorismo” que se paga con la cárcel. Nada más


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