Sabado, 17 Nov,2018

Opinión / AGO 16 2018

Sé que nada sé

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No hay un escrito de Sócrates (470-399 a.C) pues optó por la oralidad para no fijar en modo definitivo los resultados de una reflexión. Hablan de él Platón y Aristóteles, el comediógrafo Aristófanes y el historiador Jenofonte.

Sócrates acepta que no sabe; no se engaña creyendo saber y niega incluso su propia ignorancia. Solo sé que nada sé. Partió de la investigación de sí mismo, ¡primero conócete! Aristófanes lo califica de sofista hacedor de discursos engañosos con aspecto de verdad. Jenofonte narró su diario vivir. Según Beatrice Collina, combatió en la guerra del Peloponeso (431-404 a.C) entre Esparta y Atenas.

En los Diálogos, Platón enfrenta a discípulos y opositores de Sócrates, y este, por medio de la dialéctica —el raciocinio— les hace descubrir, a través de sus contradicciones, ideas que tenían en sí mismos sin saberlo. Ironía, refutación, preguntas apremiantes y exigencia de definiciones precisas, son los elementos del método socrático. ‘El obstetra de las almas’, ayuda a explicar por medio de razones serias y argumentadas, empleando la mayéutica o técnica de inducción para que el propio individuo dé a luz conceptos latentes.

Aristóteles atribuye a Sócrates dos hallazgos desarrolladores de la filosofía: la definición universal, con la que intenta identificar el significado real de nociones de naturaleza moral, como virtud, valentía y sabiduría; y el razonamiento inductivo, mediante la observación de muchos casos particulares a fin de extraer de ellos una afirmación general.

Los motivos para ser feliz no están en el mundo, se encuentran en el interior porque la felicidad no es la cosa material o el placer, está en la vida íntima, en el perfeccionamiento del espíritu. Ética y alegría son lo mismo, solo el virtuoso y justo puede ser feliz; pero no el malvado o injusto. Gobernarnos sin la esclavitud del impulso es una calidad que produce dicha. El carente de autodominio es un animal salvaje. 

Para deshacerse de Sócrates, la democracia ateniense lo condenó a muerte porque estuvo con Alcibíades el general traidor responsable de la derrota del Peloponeso. Los denunciantes politeístas Anito y Melito pretextaron que desorientaba a la juventud enseñando la unidad de Dios y la inmortalidad del alma. 

Pudo escapar igual que su profesor Anaxágoras culpable en otro caso, prefirió respetar la ley y cumplir la sentencia. Alzó la copa de veneno a los 71 años.

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