Lunes, 24 Sep,2018

Opinión / ENE 14 2018

Sensaciones y experiencias

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Nada de padre, nada de madre, nada de nada. El mundo es un abigarrado de impresiones, sensaciones y experiencias, difusas y confusas. No hay orden ni concierto.

Las cosas van tomando forma en las vivencias iniciales de verse respirar, boca-aire, sentir el hecho de vivir, la luz, los objetos que llaman la atención y fijan la mirada. Los bebés, al poco de nacer, distinguen partes del campo perceptivo: el olor de la leche de quien lo amamanta, la diferencia de su yo del de otros, ´capta´el pensamiento de otras personas. En un comienzo solo ve partes o fragmentos. Una mano, brazos, pechos, todo separado, que a su modo, cubren necesidades y deseos. Pecho nutricio y manos serviciales. Experiencias difusas que no tienen la forma definida que los mayores le atribuimos a las cosas. El hambre, que es normal en un adulto, una sensación a complacer con el alimento, en ellos es de lo más catastrófico. Una experiencia terrible. El psicólogo Daniel Stern ha descrito el hambre del bebé con términos meteorológicos, la asimila por entero a una tormenta. La ´tormenta del hambre´.

Cada vez que se cierne sobre él la tortuosa sensación de hambre es como si el mundo mismo se rompiera en pedazos, en un agite imposible de contener, plomizo, pesado, ominoso, cambiante, ruidoso e inmóvil, violento…solo se calma y se deja ir al contacto succionador del flujo de leche maternal. El intenso miedo relacionado con el hambre es también el desarrollo de una conciencia que adquiere el bebé de sí mismo, de su permanencia y el futuro, de la presencia de emociones ligadas a la gratitud y la alegría.

Aprende a valorar a quienes lo rodean, como personas completas, seres globales, muy queridos, que le ofrecen calor, alimento, protección y cariño. La prevalencia de sus instintos, dominantes el primer año, da paso al reconocimiento de un mundo que se le muestra amable, la luz que tanto le atrae, y papá y mamá, con sus necesidades e intereses, y no meros esclavos al servicio de ´su majestad´. Dice a confrontar su imperioso narcisismo.

En el proceso asimila prenociones o nociones básicas: espacio y tiempo, el valor moral del vínculo con el padre/madre, el aprendizaje de formas fijas en el contacto directo con las cosas (cuerpos, líneas continuas, volúmenes fluidos), experimenta el mundo y el lenguaje, instrumento con el cual confirmamos la realidad de las cosas -claridad de la comunicación en cuanto a verdad o falsedad de lo que se afirma.

Un conocimiento categórico y observable es perentorio: ´llanto, entonces cuidados´. Es la recurrencia del encuentro y estímulos -visuales, táctiles, auditivos, gustativos-, todos ellos relacionados con ´madre´, ´llanto´, ´sí mismo´, y, claro está, un lenguaje dirigido a hacer distinciones que corroboran, refutan o condescienden en lo que se quiere. Generalizaciones irreductibles. Tienen la forma de ´siempre que esto, aquello´. Se traduce: “siempre que requiero de algo, mi madre me lo procura”. En razón a esto, según Donald Winnicott, la madre debe “continuar siendo ella misma, mostrarse empática con su pequeño, estar ahí para ser receptora del gesto espontáneo, y complacerse de ello“. Relaciones profundas de comprensión, simpatía y respeto forjadas en el ´espíritu del amor´.

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