Martes, 13 Nov,2018

Opinión / MAY 14 2018

Seres excepcionales

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Existen en el mundo seres excepcionales, en la mayoría de ocasiones, anónimos, que hacen de su vida un testimonio de amor, que lo entregan todo de sí a su familia y a la humanidad, y al partir a la eternidad, dejan un legado de dimensiones infinitas.

Se trata de personas ajenas a la vanidad, que por la limpieza de su alma y claridad de sus intenciones, se dedican a ir por el mundo haciendo el bien, impactando a otros, mejorando vidas, entregando palabras hermosas y dando buenos ejemplos.

Son de aquellos que cumplen sus deberes. En la infancia, entregan obediencia, respeto y admiración a sus padres, se forman en valores, se desenvuelven como estudiantes excelentes y comprenden la importancia de buscar lo mejor. Son amigos que se comprometen con quienes les rodean, entregan el consejo oportuno y la ayuda requerida. 

Eligen una pareja y se donan en amor y respeto… jamás dan una frase des obligante o alguna forma del maltrato. Tampoco traición o abandono. Entregan todo a la construcción del hogar como la máxima empresa y la causa más relevante.

Dios los escoge para padres, porque su semilla es tan poderosa, que debe comunicarse para extender lo mejor al resto de la humanidad. La genética hace su parte y ellos generan hijos en excelencia, que desde la infancia reciben todo lo bueno, no solo a nivel biológico sino también social. Esos seres se multiplican y su alma —colmada de amor—, se torna en gigantesco surtidor que emana ternura, consagración y paciencia. 

Dan la mejor educación: la más humana… forjan personas para que vayan por el mundo —como ellos—, entregándose a sí mismos. Las familias que integran son llenas de respeto, comprensión, diálogo, cariño y ayuda mutua.

Donde quiera que están, son luz… Muestran en su comportamiento los valores más elevados. Son éticos, buenos ciudadanos, excelentes en su trabajo, aportantes, referentes…

Alguien así vivió en esta tierra, fue un maestro inolvidable. Terminó su vida laboral en el Inem de Armenia, institución en la cual, se le reconoce, recuerda y extraña.

Luis Fernando Ruiz Ceballos fue un hombre bueno, amigo incomparable, de mirada clara y corazón inmaculado, esposo y padre espectacular, maestro y ciudadano como pocos, amigo imposible de olvidar. Artista que hizo de la pintura, otra herencia para los demás.

Se dedicó a servir a la iglesia en el diaconado permanente, desde el cual, dejó en la diócesis una estela de virtud y amor. Fue un diácono humilde, dedicado y piadoso, dador. 

Fue sencillo como una nube y amplio como el firmamento, diáfano como el agua y generoso como el mar. —Abrazo solidario para su esposa Martha Lucía, sus hijos Ana María, Claudia Lucía y Juan Pablo y sus nietos, que lo despidieron con gratitud y dulzura—.

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