Martes, 13 Nov,2018

Opinión / OCT 26 2017

Sin debates y sin crítica

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¿Cómo acceder a la amistad y a la solidaridad  cuando  la llamada policía del lenguaje  está  violando permanentemente nuestro derecho a la libertad  de pensar, olvidando el reclamo de las víctimas? 


Atento lector de la realidad a todos los niveles, Emilio Lledó, el más importante pensador español actual, ha hecho de la crítica del lenguaje uno de sus objetivos al comprobar que sin el esfuerzo intelectual de salirse de las frases hechas, de los clichés políticos que sólo ponen de presente una angosta imaginación moral, cualquier disciplina termina por convertirse en la guarida de la pereza intelectual. Tal como lo podemos observar todos los días, se convierte en el arma afilada de los fanáticos que incapaces de admitir que una sociedad cambia, modifica secretamente sus objetivos, se dedican a obstaculizar la discusión, las necesarias discrepancias de opinión acerca del país que vivimos. Ante nuestros ojos entristecidos hemos sido testigos del caricaturesco derrumbe final de lo que llegamos a llamar Partido Liberal. Los principios que lo fundamentaron, devorados por las ambiciones de caudillos parroquiales, carcomidos por una burocracia insaciable, terminaron olvidados.

¿Habíamos imaginado en pleno siglo XXI una demostración de tan feroz misoginia como la que nos dieron estos llamados dirigentes liberales? Un aparato totalitario manipulado por unos dictadores negados a admitir el aporte de las bases populares del Partido, de las mujeres. ¿Entonces de qué liberalismo hablamos, de cuál democracia hablamos si la opinión del ciudadano no es tenida en cuenta? Este espectáculo de farsa frívola en momentos en que el destino de la democracia está en juego ante las estrategias soterradas de los enemigos de la libertad tratando de manejar los hilos del poder contando con el relajamiento moral de la llamada clase política. Pero ¿Cuándo en realidad hemos tenido debates en la reciente historia de Colombia? ¿Partidos únicos con jefes únicos que nombran a dedo sus candidatos? Y entonces el debate, la discrepancia que se supone están en la raíz misma de la racionalidad que exige la política en momentos de desestabilización de las instituciones, desaparece.

Necesitamos una amplia discusión pública frente a un país cuya complejidad – lo está poniendo de presente el caso de Tumaco - excede ya los maniqueos conceptos de lucha de clases, donde el llamado identatarismo se ha terminado por asimilar a un peligroso populismo, es decir, donde la tarea liberadora del pensamiento ha sido sustituida por un maniqueísmo tercermundista. Vivimos aletargados en la comodidad de un dogmatismo totalitario que únicamente ha dado para trifulcas, para riñas folclóricas entre supuestos “salvadores de pueblos oprimidos”, mientras los verdaderos debates continúan ausentes de nuestro precario “pensamiento político” ¿Cómo acceder a la amistad y a la solidaridad cuando la llamada policía del lenguaje está violando permanentemente nuestro derecho a la libertad de pensar, olvidando el reclamo de las víctimas? Recordemos a Aristóteles: a la libertad se accede por la razón. Razón útil para entender la magnitud de una tarea que exige plantear una nueva forma de representatividad que no sea la de los caciques políticos ni la de los clichés trasnochados de una izquierda anquilosada.  

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