Lunes, 12 Nov,2018

Opinión / AGO 17 2016

Tahúres

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Leí con interés la diatriba de Jorge Arango Mejía a la carrera pública de Emilio Valencia. También ojeé la respuesta del patriarca a las acusaciones del exmagistrado. 

 

En la disputa salieron por unos segundos del olvido los nombres de Ancízar López y de Jesús Antonio Niño: hitos de un pasado falsamente glorioso.

Valencia dice con orgullo –mejor, dice el asesor encargado de redactar la respuesta– haber servido al partido Liberal durante 68 años. Esa frase de por sí contradice de plano el título de la defensa: “Ser político no es ser corrupto”.

Se equivoca el líder del MIL: para ascender peldaños en los partidos políticos colombianos se requieren una ética maleable, una absoluta carencia de valores. Sí, porque aquí los partidos nunca han sido conjuntos de ciudadanos reunidos por ideas y nociones ideológicas.

No lo fueron en el siglo XIX –basta sumergirse en las páginas de Manuela, de Eugenio Díaz, en las de Historia de un alma, de José María Samper, en las de Olivos y aceitunos, de José María Vergara, o en la prosa combativa de Manuel María Madiedo para caer en la cuenta de ello– ni en el XX ni lo serán en el actual.

Los partidos aquí han sido sanedrines hambrientos de burocracia, hordas guiadas por la avaricia, garitos donde la política fue desfigurada hasta el punto de convertirse en apuestas con cartas marcadas. En Colombia, en el Quindío, en Armenia, para ejercer la política no se necesitan escrúpulos y sí modales rufianescos.

Los índices de bienestar humano y social del Quindío son aterradores: vivimos los quindianos al borde del abismo. Las bandas delincuenciales son las dueñas absolutas de los barrios periféricos de Armenia y de los municipios, el desempleo carcome los sueños de miles de ciudadanos, la miseria hunde en la desesperanza a otros tantos.

La responsable de hipotecar el futuro de los quindianos es la clase dominante local, ese grupo de ilusionistas desprovisto de virtudes, metido de lleno en los clichés de la retórica politiquera. Aquí, en el fondo, no hay liberales ni conservadores ni uribistas ni santistas.

Hay tahúres, hay bailarines capaces de seguir el ritmo que les toquen. Ellos son los culpables. Ellos tienen nombres: Lucelly García, Juan Zuluaga, Emilio Valencia, Carlos Oviedo, Carlos Ledher, Alba Buitrago, Efrén Tovar, Mario Londoño, Belén Sánchez, Amparo Arbeláez, David Barros, Ana María Arango, John Cohecha, Juan Carlos Giraldo, Sandra Hurtado, Luz Piedad Valencia, Maryluz Ospina, Antonio Restrepo, Atilano Giraldo y un etcétera largo, penoso.

Tienen cómplices: todos los ciudadanos. Los unos por elegirlos, los otros por no levantar la voz contra sus atropellos y triquiñuelas.

Al final de su texto Emilio Valencia menciona, con fingida indignación, sus periodos en el concejo de Armenia, en la asamblea del Quindío y en la Cámara de Representantes.

Luego, en un risible farol –envite propio de los curtidos jugadores de cartas–, dice haber enarbolado las banderas del pensamiento social y demócrata y se yergue como “defensor de los menos favorecidos” –en pocas ocasiones las comillas fueron más justas–.

¡Por dios!: nos cree imbéciles el señor Valencia. Ni él ni los antes mencionados traficantes de miseria –así sus ganapanes se obstinen en llamarlos doctores y se desgarren las gargantas cuando alguien señala lo mediocres que son– han estado cerca de ser verdaderos servidores públicos.

La verdad, quienes nos han gobernado durante buena parte de estos cincuenta años han sido caciques de baja estofa, mercaderes del hambre. 

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