Miércoles, 19 Jun,2019
Opinión / ENE 27 2019

Tejer y charlar

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Un grupo de hombres en EE.UU. decidió probar algunas cosas que no habían hecho antes y con hilos y agujas se instalaron en un parque a tejer, esto tuvo dos efectos inesperados. En primera instancia esta actividad se convirtió rápidamente en un pretexto de interacción que los conectaba rápidamente. Causó una gran curiosidad en quienes pasaban y en muchas ocasiones se volvió motivo de conversación, incluso varios de los paseantes se fueron uniendo al grupo inicial.

El segundo fue que sin proponérselo y a medida que avanzaban en sus costuras, los tejedores iban hablando sobre sus vidas, desde cosas triviales y cotidianas hasta otras más profundas y privadas. La sensación era cada vez más placentera, relata uno de los participantes y decidieron que la obra que cada uno haría sería un regalo para el otro. Era tanto “el encarrete” con esta actividad que muchos continuaban haciéndolo mientras se transportaban en el metro de la ciudad o en sus casas en cualquier momento que tuvieran libre. Lo cierto es que tejer es una actividad ancestral que ha hecho parte de la historia cultural de la humanidad. Una tradición que se transmite intergeneracionalmente en un legado sencillo y práctico. Hoy, en una sociedad afortunadamente cada vez más abierta esta práctica considerada de “mujeres y abuelitas”, cobra un valor importante que se traduce en múltiples beneficios que trascienden la edad y el género para convertirse en una opción que contrarresta la tensión de un mundo cada vez más agitado. Para muchos constituye un ritual anti estrés, una actividad de relajación y meditación que descansa, calma y aquieta la mente en la repetición de los puntos, actividad por excelencia para práctica la recomendación de “estar aquí y ahora”. Las personas que se reúnen para tejer, aprender diferentes técnicas, diseñar formas, mezclar materiales, texturas y colores, también lo hacen para reír y alegrarse, hablar de la vida, narrar historias y compartir relatos, emociones y sentimientos y generar momentos entrañables. Los tejedores coinciden en afirmar que las preocupaciones y los problemas cotidianos se disuelven y resuelven entre puntada y puntada.

Las costuras compartidas unen, abren puertas de comunicación, vinculan a las personas a través de hacer una actividad común, de la satisfacción de ver un producto terminado hecho a mano, de ocupar el tiempo en algo que genera resultados. 

Muchos estudios de neurociencia, de esos que acostumbro citar porque son reveladores, muestran como este acto estimula la producción de los famosos neurotransmisores de la felicidad, endorfinas, dopamina y serotonina, que nos suben el ánimo y aumentan la sensación de placer. Incluso, entrelazar los hilos ha servido de inspiración para lo que han denominado la “lana-terapia”.

Si usted quiere retar el cerebro, aumentar la atención y la concentración, estimular la creatividad y la imaginación, además cultivar la paciencia, la resistencia a la frustración —cuando le toque desbaratar la costura ya casi a punto de terminar—, tonificar las articulaciones, además de conversar amablemente y sentir la satisfacción de logro, aprenda a tejer seguro que alguien cercano estará dispuesto a enseñarle. Además de que tiene el valor agregado de que puede llevar las agujas y las lanas a casi cualquier parte.

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