Jueves, 23 May,2019
Opinión / DIC 09 2018

Tiempos inciertos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Dar razón de por qué no ha sido posible una sociedad igualitaria, equitativa y solidaria es función de la ciencia social, y explicar por qué somos tan proclives al control policivo, la manipulación y el marginamiento, si es que no nos inclinamos por fenómenos de masas cuya consigna es la violencia y la represión oficial. Se desprecia la dimensión de la democracia porque se piensa, en una mirada unidimensional, que los problemas sociales solo se solucionan con mano fuerte de gobiernos que encarcelan, fusilan, niegan y desprecian al ser humano al que le restringen libertades. Se cree, en una especie de autoengaño, que con entregar patente de corso a un personaje o a una camarilla en el poder para que hagan y deshagan se moraliza la administración pública y los corruptos pagarían por el daño ocasionado. Pero es bien sabido que no hay reversa cuando un caudillo se autoproclama como líder material y espiritual que viene a interceder por nosotros.

Basta un motivo, la corrupción por ejemplo, para que la población rechace la democracia y quiera gobiernos de corte autoritario, omnipotente y omnipresente. Indiferente ante cualquier forma de gobierno que pretenda “solucionar los problemas a partir de una varita mágica”, no le importan los discursos individualistas, incendiarios, antisistema y populistas que ofrecen un país de cucaña sin mayor esfuerzo. Un aire enrarecido se respira por la presencia de populismos de toda laya, movimientos pro nazis, formas conservadoras y atávicas de gobierno, polarización de los pueblos en el odio, el rechazo y el exterminio del otro, el diferente, el extranjero, el marginado. Como si la consigna y el deseo más profundo fuera hacer realidad despotismos y regímenes políticos que son verdaderos encierros en los que los derechos y la dignidad humana no tienen ningún valor. Esto ya lo anticipó George Orwell en su novela 1984. 

¿Qué hacer en tiempos aciagos y tenebrosos? Siempre se ha creído que la educación es parte de la respuesta. Y lo es, por una necesidad acuciante que obliga a retomar la reflexión de los filósofos, para el caso, de la Escuela de Frankfurt, que en palabras de Rubén Sierra Mejía, buscaban del maestro, el intelectual y el teórico, el trabajador de la cultura “contribuir con una consecuente lucidez al minucioso e implacable análisis de una realidad que ha de ser transformada, acepta la responsabilidad de cohesionar el anhelo, de servir como vehículo y expresión consciente de los antagonismos sociales en el proceso emancipador de las clases dominadas”. Este propósito es perentorio ante tanta barbarie y abuso de poder, y por folclorismo que se observa en la forma en que se orienta la cosa pública.

 


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