Domingo, 27 May,2018

Editorial / MAY 16 2018

Trabajo, no atajo

El debate y el reto se sirve entre fomentar de nuevo la cultura del trabajo o seguir condenados a la cultura del atajo como si de repente el robo más grande haya sido el de nuestra propia memoria y ancestralidad.

Trabajo, no atajo

Son muchas las alternativas que empiezan a asomarse, ahora que la coyuntura puso en evidencia y moda el tema de la corrupción en el Quindío. Aparecen, y en principio es correcto, frentes, movimientos y organizaciones que motivan y convocan la movilización de fuerzas vivas para enfrentar, atacar y en lo posible erradicar ese flagelo de la corrupción que para el caso de nuestro territorio parece que hizo metástasis.

La corrupción es un tema que se volvió históricamente estructural, cada vez más sistémica, más organizada, más ‘estratégica’, pero eso sí, siempre sin piedad y sin escrúpulos. Desde que los presupuestos públicos se empezaron a ver como botines y no como recursos sagrados, la noción ética de la administración y optimización de los mismos cayó en desgracia. La consigna pareció enseñorearse bajo el lema fatal de que no voy a servir sino a servirme.

Ahora, la perspectiva para abordar un asunto tan grave y de fondo, pasa por las convocatorias morales y cívicas que igual deben hacerse, pero debería producirse también una inflexión histórica que permita ver más allá y revisar por ejemplo qué tipo de formación estamos impartiendo en las instituciones educativas en todos sus niveles y edades. No podemos horrorizarnos o ruborizarnos con lo que hacen muchos hoy, si no revisamos cómo se formaron y qué doctrina cívica, moral, ética tomaron por ejemplo en el ayer.

¿Habrá que revisar el modelo de educación? Podría sonar presidencialista y a campaña electoral, pero independiente de que sea un problema nacional, con qué esmero y en qué condiciones estamos formando a nuestros hijos desde el hogar, la familia y las primeras escuelas. Quiénes están a cargo de impartir esa formación básica, esa sí estructural, sin que les fastidie hablar de ética, de moral, de decencia, de honestidad y sobre todo de trabajo como pilares de la cultura de la legalidad.

De hecho los modelos curriculares que tenemos, no obstante tantas revisiones y ajustes deberían enfocarse en trabajar sobre todo en aquellos aspectos que hoy amenazan y desmoronan la médula social y que se refleja en los liderazgos en turno. Y seguramente la mayoría de profesores pueden tener claro lo que pasa y lo que hay que hacer, pero si no se construye una voluntad colectiva, con condiciones y recursos se hará más difícil la tarea.

Pero otro frente vital y quizás el más determinante, tiene que ver con los primeros y por siempre profesores de la vida, los padres y por extensión la familia. ¿Qué cátedra de vida se predica y se practica al interior de los hogares? ¿Hay tiempo para inculcar los valores que amarran el alma de la tierra y el sentido de la cultura otrora orgullosa, o la violencia intrafamiliar, el desempleo, la marginalidad, la pobreza y el vicio toman ventaja e invaden el ambiente de los hogares y las familias nuestras?

La desesperanza toma ventaja y preocupa seriamente que la falta de más oportunidades, pero también la falta de entronización de valores superiores, hagan que la cultura del atajo y del facilismo se vuelva comportamiento, frente a la cultura del trabajo y la legalidad. No puede ser que formemos para que cuando se den las oportunidades se saque ventaja del cargo y se pierda la noción de servir y trabajar como lo mandan los cánones de la agenda pública, cuando trabajamos para administrar los recursos que son de todos.

El debate y el reto se sirve entre fomentar de nuevo la cultura del trabajo o seguir condenados a la cultura del atajo como si de repente el robo más grande haya sido el de nuestra propia memoria y ancestralidad.

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