Lunes, 24 Sep,2018

Opinión / ABR 10 2017

Tragedia. Culpabilidad. Oportunidad.

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La tragedia de Mocoa se suma a otras de gran dimensión: terremotos de Popayán y el Eje Cafetero, avalanchas de Armero y Salgar.  Y hay otras de índole diferente, como el hundimiento geológico de Gramalote y la agonía ambiental de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Acaecida la tragedia, el país se sobrecoge y conmueve y empieza a emprender acciones de salvamento y socorro, para proseguir después con los programas de recuperación. Algunos de estos se han acompañado de acciones legislativas como las leyes Paez y Quimbaya.


​Casi que simultánea con la ocurrencia de la tragedia aparece el señalamiento de la culpabilidad, que recae de inmediato sobre las autoridades establecidas. Resulta que las tragedias se incuban desde tiempos muy atrás, bien por las prácticas destructivas de la naturaleza que deforestan las cumbres de las montañas y erosionan las cuencas protectoras; los patrones de poblamiento que favorecen la construcción de viviendas en las riberas de los ríos; el uso deficiente de las normas sismorresistentes; la ausencia de infraestructuras protectoras; y por supuesto, una laxa conducta de las propias autoridades.

Pero el lado positivo es la oportunidad. Se generan dinámicas de rehabilitación, recuperación y reconstrucción. Son momentos ideales para redimensionar a las regiones afectadas, siempre y cuando las acciones no sean solo físicas. Son necesarias las variables sociales y económicas, destacándose las de empleo y generación de actividades productivas.

Desafortunadamente también está el lado negativo de la oportunidad y es la aparición de grupos poblacionales que alegan su calidad de damnificados, y no lo son. Un censo de población afectada se vicia si no hay estándares precisos de validación de la información reportada. A la larga se cuelan presuntos beneficiarios que enturbian los ambientes sociales y malgastan los recursos donados y apropiados.

La tragedia de Mocoa puede ser el punto de inflexión para que los gobiernos encargados de los programas de reconstrucción le peguen al blanco en esta ocasión. En tanto la sociedad colombiana podría estar segura que sus oraciones y donaciones encontraron el eco y uso indicados.

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