Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / AGO 02 2018

¿Transición hacia la democracia?

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Lo que hoy se llama la transición española —y que Santos Juliá ha analizado en un extraordinario libro— supuso la incorporación del partido Comunista a la vida democrática. Adolfo Suárez jugó aquí un papel decisivo para que se reconociera esta incorporación al juego democrático y militantes y cuadros políticos salieran de las sombras. De esa manera se pudo saber que Federico Sánchez, activista y espía, era en realidad Jorge Semprun, quien llegaría a ser uno de los más grandes novelistas e intelectuales españoles y quien no cejaría de denunciar los horrores y la hipocresía del estalinismo actual.

Es un hecho que hemos comenzado a vivir el reto de un nuevo país a partir del triunfo de Iván Duque y de la renuncia a la lucha armada por parte de las Farc. En ese sentido y, perdonen que me vuelva reiterativo, el proceso mismo de los acuerdos ha sacado de las sombras la verdad sobre la actual conformación de las estructuras políticas y armadas de las Farc. Apenas conocemos los nombres de su dirigencia clandestina mientras sus cuadros intelectuales han preferido continuar en las sombras. Y nada sabemos de sus razones para justificar el secuestro y el narcotráfico. Pedimos la entrega de unos archivos que politólogos e historiadores podrán analizar objetivamente para que la opinión pública del mundo logre formarse un criterio sobre cada uno de estos renglones del horror. Señalar esto supone considerar objetivamente el deterioro causado por una utopía que es una lacra en la historia de la humanidad y que en Colombia debe enjuiciarse con el rigor científico debido para lograr precisamente dar ese paso necesario entre quienes no admiten el perdón y quienes, por el contrario, aspiran a que se establezca un verdadero juicio de responsabilidades desde los parámetros que establecen los valores de la civilización y de la justicia universal.

El juicio implacable que los grandes pensadores hicieron y siguen haciendo a los crímenes del totalitarismo tanto en la Unión Soviética, China, la Camboya del Khmer Rojo como en Cuba, Venezuela o Nicaragua puede aplicarse a Colombia: la atrocidad, ese mesianismo, esa persecución a la inteligencia, ese odio a las clases populares se dio aquí con idéntica fuerza, provocando el arrasamiento de los valores sociales. En este sentido no se va a juzgar solamente a una dirigencia —la de las Farc— que justificó y planeó la violencia sino lo que supone la violencia de una teoría política criminal. Parece mentira pero es desde esta confesión de responsabilidades desde donde puede establecerse la confianza para un diálogo y una discrepancia, la posibilidad de contar con una izquierda democrática.

La verdadera transición a la democracia no puede hacerse con un remedo de los tribunales populares castristas sino desde la aceptación de errores que no deben jamás volver a repetirse. Porque el punto de vista de la justicia la da la democracia triunfante y no quienes deben arrepentirse de su dogmatismo. 

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