Martes, 13 Nov,2018

Opinión / JUL 15 2018

Tres ausencias que matan

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En Colombia como en la conocida ranchera, “la vida no vale nada”. Eso es lo verdaderamente significativo y preocupante que necesita ser entendido antes de empezar a dilucidar las posibles causas y responsables de esas inaceptables acciones de muerte.

Nuestra principal patología como sociedad es sin duda, la desvalorización de la vida. Una realidad recurrente en nuestro discurrir como nación, por lo menos desde nuestras guerras civiles decimonónicas, que remataron con la masacre que fue la Guerra de los Mil Días cuyos rescoldos desde comienzos de los treinta, empezaron a coger fuerza hasta la llamarada del magnicidio de Gaitán en 1948, que impulsa el ciclo de los años de violencia bipartidista, antesala de la violencia guerrillera de la cual no acabamos de salir.

¿Qué hay de común, de permanente en esa situación? Grandes ausencias, carencias institucionales en medio de una sociedad dinámica y rebuscadora que con normas o sin ellas avanza “a su aire”, como proyecto individual desposeído de cualquier connotación colectiva. Se trata de una crisis estructural por ausencia de las tres instancias reguladoras de la vida y de su respeto en sociedad: Estado, religión y familia.

La más flagrante es la ausencia del Estado con su capacidad y obligación de establecer las normas positivas del comportamiento ciudadano y de obligar a su cumplimiento; es el principal responsable de definir un código de valores y de comportamientos civiles, una ética ciudadana que en Colombia no existe; es el sueño incumplido que en el siglo XIX tuvieron los liberales radicales

En segundo lugar, es la ausencia de las instancias de regulación moral que hasta los años treinta del siglo pasado la realizaba la moral cristiana, más precisamente católica de raíz española, impulsada por los conservadores especialmente en el período nuñista y en la Constitución de 1886. Se suponía que compensaba la carencia de una ética ciudadana; su influencia la debilitó la secularización de la sociedad que generó un vacío que permanece.

Para rematar, la familia que como en toda sociedad tradicional - premoderna o precapitalista, como se la quiera denominar - regulaba el comportamiento de las personas y transmitía valores igualmente tradicionales, pero que a medida que la sociedad colombiana realizaba su proceso incompleto de secularización cultural y de modernización capitalista de su economía y sus relaciones sociales, entró en una crisis que agranda el actual vacío de conciencia de responsabilidad y de ética ciudadana.

Es un vacío asesino, sin moral y sin ética. Superarlo requiere que el propósito de la política, por encima de polarizaciones emocionales, de alto contenido personal y altamente destructivas, se centre en propiciar un reencuentro de la política con la ciudadanía y su necesidad imperiosa de construir un relato de ética, de responsabilidad y de compromiso ciudadano, centrado no en la búsqueda de culpables sino en la necesidad social e histórica de propiciar un reverdecer de la democracia bajo la consigna mockusiana del “todos ponen” y con el objetivo, igualmente mockusiano, de reivindicar que “la vida es sagrada”.

Más allá del tema del aborto, las iglesias en plural y salvo contadas excepciones, han sido débiles en l a defensa de la vida y en la condena de comportamientos que confrontan la dignidad humana de todos los ciudadanos sin excepción, así como en la defensa de la estructura familiar, base natural de la vida social, eso sí, a partir de repensarla, pues no se trataría del regreso a la familia tradicional de una sociedad agraria y parroquial, que ya ni existe ni volverá.

Tres actores hoy ausentes que deben ponerse al servicio de esa tarea y compromiso; por su desidia pasada, ya no estará en sus manos sino en las de una ciudadanía que reclama cambios de fondo, no de simple maquillaje.

 

Juan Manuel Ospina

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