Jueves, 15 Nov,2018

Opinión / JUN 08 2017

Truenos y trinos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hacer bien el trabajo le permitió al veterano periodista encontrar suficientes pruebas para señalar la participación de agentes del Estado en el asesinato del funcionario.


Como ya es costumbre, la maquinaria despertó con un clic. Andrés Pastrana, miembro de un club nada envidiable en Latinoamérica –el de los expresidentes despreciados con igual virulencia por la derecha y la izquierda– informó en su cuenta de Twitter sobre una reunión sostenida por él y por Álvaro Uribe con el nuevo sheriff del vecindario, Donald Trump. El trino ocasionó un tsunami mediático en un vaso de agua. No vale la pena continuar con el resumen de los matices y desmentidos posteriores: harta tinta se ha vertido al respecto. Los colombianos a la fuerza nos hemos acostumbrado a este tipo de escándalos. Con justicia, un diluvio de tomates bañó de pies a cabeza al príncipe venido a menos de una dinastía política no tan ilustre. No obstante, uno de los protagonistas del sainete salió por la puerta de atrás sin recibir el regaño merecido. Hablo, desde luego, del periodismo nacional. O, bueno, de un gran sector de la prensa: mordió el anzuelo al no tomarse la molestia de cu mplir a cabalidad el abc del oficio: corroborar la información, no dar por ciertas las versiones de nadie.

Las dinámicas informativas propiciadas por las redes sociales han hecho de la velocidad el norte del oficio periodístico, en abierto menoscabo al rigor y al respeto por la audiencia. Cada vez son más numerosos los casos de rumores encumbrados a la categoría de noticia y propalados con casi completa impunidad. En estos tiempos lo revolucionario y transgresor parece ser respirar con calma y no caer en el frenesí de la chiva virtual. El apetito por ser el primero en postear o en trinar algo suele ir acompañado de una pasmosa ligereza: se pasan por alto los detalles significativos, los puntos problemáticos, las conexiones del dato con el contexto político y cultural. En síntesis, el síndrome del correcaminos –el personaje de las tiras cómicas– nos condena a sufrir un periodismo incapaz de satisfacer las necesidades básicas del sistema democrático.

A la hora de hablar de los desafíos del periodismo actual se fija la lupa en el espinoso tema de la propiedad privada de los medios noticiosos. Sí, la libertad de prensa corre un peligro grande si los canales informativos pertenecen a un  minúsculo sector de la sociedad, de eso no hay dudas. Sin embargo, se soslaya del debate el tema de la calidad profesional de los encargados de elegir los asuntos de la agenda pública. De una cosa estoy seguro: nuestra prensa sería mucho mejor si los periodistas fueran de verdad cazadores furtivos de las humanidades —como los llamó Kapuściński—. ¿Lo duda? Doy un ejemplo: hace poco Alberto Donadío publicó un libro sobre las zonas grises del magnicidio del ministro Lara Bonilla. En lugar de conformarse con lo sabido, Donadío leyó con ojo avizor el expediente y encontró inconsistencias. Hacer bien el trabajo le permitió al veterano periodista encontrar suficientes pruebas para señalar la participación de agentes del Estado en el asesinato del funcionario. ¿Lo ve? Basta con no dejarse llevar por la prisa e invertir el tiempo suficiente para superar los espejismos virtuales.

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