Lunes, 22 Jul,2019
Opinión / JUN 18 2019

Un maestro del cuento

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El notable crítico Harold Bloom en Cuento y cuentistas resalta la dinámica propia y la importancia del cuento como un género autónomo, con maestros como Borges, Kafka, Poe, Antón Chejov; en nuestro medio uno de los mejores exponentes es Juan Gabriel Vásquez y así lo demuestra en nueve cuentos reunidos en un libro valioso [1].

Autor de varios libros, entre ellos, el más conocido El ruido de las cosas al caer, la serie de formidable narraciones cortas surgen de su infatigable capacidad de observación de hechos y circunstancias de los seres humanos, en cualquier lugar donde se encuentren, de sus condiciones existenciales extremas o paradójicas: “Y de repente Salazar entrevió la posibilidad de un alivio. Pero no era solo el alivio de la verdad que iba a revelar aunque lo siguiente fuera la caída, sino algo que podía ser poder: el poder de llevarse consigo a los demás, de arrastrarlos para que también se despeñaran ellos, de ver mientras caía al vacío todas esas vidas de memorias heroicas, como ese suicida de fábula que se arroja desde una azotea y mientras cae va viendo las vidas de los demás, la va viendo por las ventanas iluminadas” —pág. 92-93—.

Vásquez es un escritor exquisito que conoce el idioma con solvencia y sostiene al lector con una narración deslumbrante y amena, en este caso, varias historias sorprendentes, a veces tocadas por la violencia, en otras oportunidades por fenómenos tangenciales; siempre urdidas con fina malicia y brillantez por el escritor bogotano.

Sorprende por su calidad literaria e histórica el último cuento Canciones para el incendio, en donde el autor relaciona un desconocido trabajo de Rafael Uribe Uribe, dedicado a Cuervo —Diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones del lenguaje—; de su corto paso por el Quindío como administrador de una finca: “…diez hectáreas privilegiadas del valle de Cocora desde cuyos confines se veía, bajando por un corte de montaña que dejaba a los paseantes sin aliento, una quebrada tan gruesa que hubiera podido llamarse río. La hacienda se llamaba Nueva Lorena… Uribe Uribe se encargó de ella durante cuatro o cinco meses del año 1898. La nueva guerra civil que se veía en el horizonte, interrumpió sus labores” —pág. 216-217—. No menos curiosa su mención del cementerio libre, de Braulio Botero Londoño en una trama que el lector buscará entre las páginas del libro.

Recomiendo la lectura del libro de Vásquez, agradable para estas vacaciones.

[1] Vásquez, Juan Gabriel. 2018. Canciones para el incendio. Alfaguara. 259 páginas.


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