Sabado, 24 Ago,2019
Opinión / SEP 20 2018

Un oscuro poder

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Las noticias de los últimos días, han dado cuenta de las presuntas actividades de espionaje adelantadas contra personajes públicos y personas del común. Altos funcionarios, reconocidos abogados, empresarios y hasta parejas infieles, han sido el blanco elegido por una práctica ilícita cada vez más recurrente. Queda claro, una vez más, que la información es poder y para obtenerla no se escatima dinero, tecnología y mucho menos escrúpulos.

La información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la economía como en la política. El espionaje ha sido una constante desde tiempos remotos. En sus inicios, los esfuerzos estaban dirigidos a conocer cuántos soldados y jinetes tenía el enemigo, qué caminos seguirían en su avance o cómo eran sus armas.

En los servicios secretos del mundo, se presume que la profesión de espía es la segunda más antigua de la humanidad. Y no les falta razón. La propia Biblia menciona en sus páginas el uso de espías y exploradores. Así, Josué acusa a sus hermanos de ser “unos espías que habéis venido a reconocer las partes no fortificadas del país”. Dalila, mujer filistea, accedió por dinero a ser amante de Sansón al que espió y entregó.

Por su parte, los romanos no hubieran podido cimentar su vasto imperio sin la información suministrada por sus espías. El faraón Ramsés II, quien reinó entre los siglos XIII y XII antes de Cristo, utilizó a menudo la figura del espía. En la antigua Esparta se desarrolló una técnica muy ligada al espionaje que ya utilizaban egipcios, asirios y babilonios: la criptografía o arte de escribir textos en clave.

En la Edad Media, se hizo costumbre el espionaje en las cortes imperiales por parte de embajadores y séquitos. En 1566 una vez fue elegido el papa Pío V, antiguo jefe de la poderosa inquisición, creó un servicio de espionaje que en adelante obedecería las órdenes del pontífice. Este, fue llamado la Santa Alianza en honor a la alianza secreta entre Roma y la reina católica de Escocia María Estuardo.

En el siglo XVIII el francés Joseph Fouché, ministro de Policía de la época posrevolucionaria, sostuvo una densa red de informantes por toda Francia y Europa. Si bien estaba a órdenes de Napoleón, sabía qué pensaba el emperador pues Josefina Bonaparte —la emperatriz— era una de sus agentes a sueldo. En 1862, en medio de la guerra civil, el presidente Lincoln autorizó el control de la infraestructura del telégrafo americano. 

Para narrar los episodios de espionaje del siglo XX y lo corrido del XXI, se necesitarían obras completas dedicadas a su estudio y descripción. De hecho la época de la Guerra Fría, es conocida como la ‘edad de oro’ del espionaje. En ella, los métodos utilizados y la creatividad desplegada superan todo imaginario. 

El gran peligro que se advierte para la humanidad, es que la evolución de las técnicas de una práctica tan antigua como la historia se convierta en una amenaza que quebrante los derechos que esa misma evolución nos ha concedido.

Miembro A cademia Colombiana de Historia Militar

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