Martes, 20 Ago,2019
Opinión / MAR 30 2019

Una gardenia es oboe

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En la escala de la flor, solo Dios tiene probabilidades de ser verdadero. Lo pienso. También puedo y quiero escribir: En la escala de lo divino, solo la flor tiene probabilidades de ser verdadera. 

Y aunque no le interese cuanto reflexiono a solas por las veredas quindianas, y no me concierne convencerlo de los monólogos que con una flor, un insecto o una piedra sostiene el embriagado caminante, expreso para mí, y este decir es canto u oración, alma del individuo cuya única riqueza es un camino veredal a cualquier hora del día, digo gardenia o azucena; murmuro violeta o gladiolo; exclamo girasol o anémona; musito clavel, begonia y dalia, porque todas huelen en mi paladar y a cada vocablo, aunque no lo ronde el colibrí, le veo música. Le corresponde al poeta, cuando descubra los elementos de esta ecuación bimembre y antagónica, Dios-flor, verificar el porcentaje de probabilidades de la una y del otro, cuando se revelan por su camino un árbol florecido, un refugio de anturios negros entre helechos, un bonsái en flor o la presencia de Dios en la música de Bach. En la escala de Bach, por ejemplo en sus Conciertos para oboe, Dios pierde las probabilidades de no existir. El ser humano, pierde las probabilidades de no encontrarlo en el mundo si escucha a Bach. La violeta es oboe. Y es oboe la gardenia. La begonia es oboe en el camino. A veces, entre oboes que son violetas, me acompaña Caeiro y dice, observando esta flor: “Yo no tengo filosofía: tengo sentidos…/ Si hablo de la naturaleza no es porque sepa lo que es/ sino porque la amo, y la amo por eso,/ porque quien ama nunca sabe lo que ama”. Por Santo Domingo alto, Bach tiene piernas de oboe. Caeiro, tiene piernas de oboe. Y si repito anturio, mi garganta tiene timbre de oboe. De un arroyo que atravieso descalzo, a un colgante puente de guadua desde donde observo una cristalina quebrada si voy por el campo, de una loma a una hondonada, el camino es mi habitual técnica de meditación. Nadie me dio iniciación en caminos. Ni ostento grados esotéricos en caminos. Nada debo a Basho ni a Krishnamurti, ambos con sus caminatas por montañas o pueblos. Dice este último, en uno de sus diarios: “No hay movimiento, ni agitación. Solo completa vacuidad de todo pensar, de todo ver. No existe un intérprete que traduzca, que observe, que censure. Es una inmensurable vastedad totalmente quieta y silenciosa. No hay espacio, ni hay tiempo para cubrir ese espacio”. No rindo culto a ningún maestro en caminos. Los caminos mismos me iniciaron. Y también puedo caminar silencioso sin pronunciar el nombre de la flor. 


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