Domingo, 16 Jun,2019
Opinión / ABR 08 2018

Una sana competencia

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Oigo con mucha frecuencia preguntar si es bueno o malo tener un espíritu competitivo. Creo que mantener un interés por hacer bien las cosas y sentir gusto por obtener excelentes resultados, no es algo malo en sí mismo. Desde los ciudadanos de “a pie” hasta los grandes deportistas, científicos, escritores, pintores o educadores, intentan destacarse, obtener reconocimientos, dar lo mejor de sí mismos y llegar a sus metas.

 

La competitividad nos ayuda a superarnos a nosotros mismos, a mejorar en ciertas áreas, a superar dificultades, a solucionar los problemas, así como aprender de los propios errores. Esta es una competitividad positiva, es decir aquella que se da desde la motivación interna, que va acompañada por el deseo genuino de crecer, avanzar y mejorar. Que no se basa en que los logros se den a cualquier precio y por encima de lo que sea. Es cierto y esto lo confirman múltiples investigaciones, que cuando se da así, las personas aumentan su energía, tienen ganas de intentar una y otra vez, actúan con perseverancia y creatividad. Están en disponibilidad de pedir ayuda, escuchar sugerencias y reconocer sus puntos fuertes y débiles.

Lo contrario que se acerca más al perfeccionismo, lleva en muchos casos a buscar constantemente agradar y complacer a los demás y a la búsqueda permanente de reconocimiento y admiración. Para las personas que tienen esta actitud perder, equivocarse o cometer errores se vuelve una fuente de frustración, acompañada de sensación de fracaso y falta de valía. Es cierto que obtener éxito o ser reconocidos por algo nos llena de satisfacción. Es lógico alegrarnos cuando ganamos. El problema surge si ese afán por ser los mejores se convierte en una necesidad que termina dirigiendo nuestra vida. 

Querer hacerlo todo bien, ser permanentemente el primero, no soportar perder, “superar siempre su propia marca”, nos pone en el riesgo de que esta carrera se vuelva una dinámica obsesiva y estresante que nos impide disfrutar de lo que estamos haciendo. Con frecuencia se acompaña de ansiedad y de autoevaluaciones negativas y comparaciones desventajosas con los demás. Incluso en ocasiones nos deja paralizados, y preferimos abandonar antes de que no salga perfecto. 

En este punto podríamos preguntarnos que tanto nos permitimos disfrutar los logros sin que haya reconocimiento externo o sin que nos tengan que calificar si lo hacemos bien o mal. Que tanto valoramos el proceso y el esfuerzo y no solo los resultados. Ganar es dar lo mejor de uno mismo, es un camino donde hay cabida para los errores, las carencias y las equivocaciones. Es un proceso en el que las razones y las motivaciones para alcanzar las metas además de ganar también pasan por divertirse, socializar, aprender y por cosas como alegrarse por las ganancias de los otros, disfrutar la colaboración y la cooperación que son también una opción válida para lograr lo que queremos.

Tal vez estaba en lo cierto el entrenador de futbol Francisco Maturana cuando hace algunos años dijo “perder es ganar un poco”, en el contexto de que la victoria y la derrota hacen parte de los triunfos.

 


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