Miércoles, 21 Nov,2018

Opinión / AGO 19 2018

Valeria

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En La Habana supimos que venía en camino. Era diciembre de 2012. Nuestro grupo familiar se había reunido en el bar restaurante La Floridita, donde Hemingway se encontraba con sus amigos alrededor de animadas copas de daiquirí. Allí se ve hoy al escritor dialogando con los visitantes en forma tan natural que parece estar de cuerpo presente. Esta ficción la transmite la soberbia escultura de José Villa Soberón. Cerca queda La Bodeguita del Medio, otro sitio muy frecuentado por Hemingway, donde las libaciones se hacían con otro licor autóctono: el mojito.

De pronto, la pareja conyugal –Gustavo Enrique y Diana– nos entregó un sobre que mostraba los visos de la Navidad que ya estaba próxima. La sorpresa fue grande al hallar en el sobre la radiografía de un ser vivo, casi invisible, que latía y se movía en el vientre materno como deseoso de salir pronto de su encierro. Sí: ella venía en camino. 

La madre llevaba seis semanas de embarazo y había mantenido muy bien guardado el secreto. La noticia, por supuesto, produjo explosión de alegría, y con ella iniciamos las vacaciones en La Habana. Con Hemingway como testigo, quien desde la barra del bar nos miraba con simpatía, alzamos las copas en instantáneo brindis por la nueva vida.
Así nació Valeria en nuestros corazones. Entonces no se llamaba Valeria, pero ya tenía asignado un puesto en el mundo: sería princesa, y colibrí, y ensueño, y fantasía. Esto, de hecho, son los bebés para sus padres, sus abuelos y familiares. En las primeras seis semanas de gestación que recuerda esta crónica, Valeria era apenas un embrión, una línea en el horizonte, una figura amorfa, una ilusión. Y conforme avanzaban las semanas, se volvía carne, y brazos, y ojos, y músculos, y pulmones… Sentía, cómo no, que el corazón le crecía. 

Cuando escuchamos en la clínica del Country su primer llanto, supimos que el milagro de la vida estaba cumplido. Nada tan fantástico, tan asombroso e inexplicable como ver surgir de la nada y el misterio a una criatura minúscula dotada de alma, cuerpo y emociones, que desde ya expresa su derecho a llorar, reír, gatear y cometer travesuras, para más tarde proclamar su libertad para pensar, obrar y amar.

Cuando Valeria sea grande y lea estas líneas, sabrá que no nació en el mejor de los mundos – porque el mundo que le toca vivir hoy en Colombia es incierto, convulso, conflictivo, lleno de violencia, injusticia, maldad, abusos contra la mujer…–, pero sí nació en un gran hogar. El hogar prima sobre la degradación social.

Por lo pronto, la vemos pasar a nuestro lado con sus correteos joviales y sus risas bulliciosas, mientras el entorno se llena de encanto y ella nos conduce de la mano a su universo mágico. Con su mirada inteligente y su astucia aguda, que contienen al mismo tiempo picardía y seriedad, analiza con cierta curiosidad a sus abuelitos y luego se echa a reír, sin que logremos saber qué pensamientos cruzan por su mente perspicaz. Es nuestra primera nieta, y ya podemos irnos tranquilos del mundo. Sin ella, algo nos hacía falta.

Valeria tiene hoy cinco años. Algún día sabrá quién es Hemingway. El escritor fue testigo de su nacimiento en La Floridita. Allí lo encontrará con su eterna copa de daiquirí, y ella le pedirá que le enseñe a escribir cuentos. 

[email protected]

NOTICIAS RELACIONADAS


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net