Viernes, 15 Feb,2019
Opinión / SEP 25 2018

Ver lo que veo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Roberto Burgos Cantor, el notable escritor y abogado de la universidad Nacional de Colombia, publicó en días pasados [1] su última novela, denso y excelente trabajo producto de sus vivencias existenciales y de su conocimiento profundo de Cartagena de Indias, una mirada nostálgica de la otra cara de la moneda, la triste y miserable vida de las barriadas abandonadas a su suerte, lo mismo en su ciudad natal como en el resto de ciudades del país.

Valioso escritor cercano a García Márquez por su amistad con su hermano Eligio, Roberto entrega al público lector una radiografía del dolor y la desesperanza; los seres humanos excluidos de la felicidad y destinados a una fatalidad eterna: “Te imaginas carpintero cuando pasen los años y los años, qué quedará de nosotros además del olvido, el puñadito de polvo de huesos revueltos con la tierra y la madera hecha un poco de carbón húmedo, el cemento cansado con grietas, la cruz torcida, las flores agusanadas que no son flores, qué seremos si esos restos sin importancia pueden todavía ser. Entonces en los archivos del gobierno estaremos sin rostro, pintados por alguien que nunca nos conoció, reducidos a una palabra ajena que justificará el atropello”. (Pág 123).

Seres humanos desesperados que tratan de sobrevivir, a menudo excluidos de las oportunidades y que luchan por un pan escaso y un techo miserable; los personajes de este magnífico libro desfilan con sus pesadillas, sus sueños y sus miedos eternos, son seres errantes y sufrientes, olvidados y ofendidos.

Burgos, coetáneo de nuestra maravillosa alma mater, lleva en sus venas el mundo de las letras y el humanismo de su padre, profesor de humanidades de la universidad de Cartagena; con su ejercicio infatigable ha construido una obra completa en la literatura colombiana: “No me duelo, siento a mis muertos en su entraña, de ellos también soy, algo prolongo aunque sea mi vida inacabada, siempre inconclusa. Tal vez de mis muertos aprendo que nadie puede fundar o continuar desde lo que no le corresponde. Aquí hemos aprendido. Aprender no es aceptar. Yo cuento. Como vi. Como veo”. (pág 219).

Recomiendo la lectura de esta gran obra del amigo cartagenero, juicioso lector y escritor de valía.

De nunca acabar

El cultivo de hojas de coca crece a pesar de todas las políticas para su eliminación, hay un desgaste dramático del Estado colombiano a pesar de fumigaciones, brigadas humanas de extirpación manual y toda clase de publicidad frente al incremento del consumo. Es la hora de imaginar otra estrategia.

[1] Burgos Cantor, Roberto. 2017. Ver lo que veo. Seix Barral. Planeta. 539 páginas.


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