Lunes, 21 Oct,2019
Opinión / DIC 01 2018

Visitando el ‘Valle de las tristezas’

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Tenía alrededor de nueve años, cuando comencé a visitar el desierto de la Tatacoa. Acompañaba a mi padre y sus amigos a jornadas de cacería y pesca deportiva. En una ocasión tuve la oportunidad de hacerme a una pepita de oro en el lecho de una pequeña corriente de agua. Nunca olvidaré ese momento y el asombro de los mayores que me acompañaban. En otra oportunidad, cuando lo recorríamos en un Jeep modelo 48, me llevé como trofeo un tronco de un árbol petrificado que encontré en ese llamado desierto.

Por fósiles hallados por estudiosos a partir de los años 30 del siglo pasado, se reconoce que esta debió ser una zona selvática muy diversa y poseedora de una gran red hidrográfica. Su fauna prehistórica se conoce como la fauna de la venta. Su paisaje era totalmente diferente al de hoy en día. 

En 1538, Jiménez de Quezada lo denomina como el ‘Valle de las tristezas’. 

En el momento presenta severa erosión, con afloramientos rocosos y cavernas, como resultado principalmente de su intenso uso agropecuario. Esa zona ha sido utilizada en los últimos siglos para la ganadería extensiva primordialmente. Los jesuitas instalaron allí su famosa hacienda Los Aposentos, cubriendo los terrenos de lo que hoy son los municipios huilenses de Villavieja, Baraya y Tello. Seguidamente esos terrenos pasaron a familias de terratenientes e incluso de pequeños campesinos, quienes continuaron con sus explotaciones agropecuarias.

Es un paisaje tanto agreste como fascinante, su escasa y esparcida flora es la propia de un bosque seco tropical. Se registran 222 especies de plantas, 96 de aves, y 71 de anfibios en la Tatacoa y su área de influencia, ante lo cual lo hace bastante diverso para lo desolador que parece ser.

Sus más de 1.100 milímetros anuales de lluvia lo diferencian de un verdadero desierto. Este se extiende por 355 kilómetros cuadrados y su altitud promedio ronda los 440 Msnm.

Tuve la oportunidad junto a los compañeros del consejo territorial de planeación, de visitar ese añorado lugar. Volver a un terruño de gratos recuerdos y ver su lenta, pero al parecer irreversible transformación, me produjeron sentimientos encontrados.

Quizás quería disfrutar de nuevo cuando conocí gallinetas blancas que a mi corta edad me habían dejado fascinado y me deleité con deliciosas presas asadas de chivo criollo. O ir tras las liebres que en zigzag se escapaban ante nuestra presencia o ver levantar vuelo una vez más a perdices y palomas que huían de los perdigones de las escopetas. 

Hoy encontramos cercas a lado y lado del carreteable. Vendiéndose al turismo de citadinos llegados de las urbes, parece como si hubieran loteado sin compasión ese extenso territorio llamado desierto, que a pesar de estar alambrado en el pasado, sintiera haber sido más libre que hoy. Hoteles, piscinas, retenes y letreros comerciales, me dejan un mar de dudas. Ahí volvimos a repetir, turismo sí, pero no así.


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