Viernes, 21 Sep,2018

Opinión / ABR 05 2018

Y ahora, ¿quién podrá planearnos?

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Acaba de pasar la Semana Mayor con gran afluencia de turistas en el Quindío. Y como era de esperar, hubo problemas de movilidad que fueron noticia. Se dijo que a Salento y Filandia arribaron miles de vehículos, que en la terminal de transporte de Armenia hubo dificultades para conseguir tiquetes a Bogotá y otras ciudades, y que el valle de Cocora se le vio abarrotado de turistas. Pero más allá de lo dicho por unos y otros, es innegable que tenemos un problema de infraestructura que afecta al turismo, amén de una recurrente falta de planeación y toma de decisiones.

 

Según información oficial, el Quindío tiene 2.106 km de carreteras, de las cuales 122 km corresponden a vías nacionales a cargo de la Nación, y 344 y 1.640 km son vías secundarias y terciarias, a cargo del departamento y los municipios, respectivamente, vías que permiten la comunicación entre las cabeceras municipales y las zonas rurales. Con respecto al turismo, es necesario acotar que el visitante llega al Quindío por las vías nacionales y se desplaza dentro del departamento por la red vial secundaria y terciaria.

A propósito de la red vial secundaria y terciaria, esta fue construida en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado con el fin que los caficultores sacaran a los pueblos sus cosechas de café, que luego eran transportadas a las trilladoras de Armenia con destino a su exportación por Buenaventura. De ahí que estas carreteras fueron pensadas para el tránsito de Jeep Willys y camionetas que movilizaban café, plátano y bultos de naranja. Más tarde, en las décadas del ochenta y noventa, mediante convenios celebrados entre el Comité de Cafeteros del Quindío y los gobiernos locales, se asfaltó la mayoría de vías secundarias, pero, sin mejorar sus especificaciones, es decir, sin rectificarlas ni ampliarlas, obras que mejoraron la comunicación entre municipios.

Ahora, sobre la misma red vial construida para las necesidades de la caficultura del siglo XX, pretendemos soportar el desarrollo turístico de un departamento que recibe cerca de un millón de visitantes al año con la ilusión de vacacionar y conocer el PCC. Esta es la razón por la que se taponan vías como la de Arrayanal – Salento, La Tebaida – Pueblo Tapao – Montenegro y Cruces – Filandia, entre otras.

Algo parecido sucede con la terminal de transportes de Armenia, construida a mediados de los años ochenta para las necesidades de una ciudad y un departamento que no eran destino turístico y de una región que no tenía autopista del Café ni doble calzada en construcción a Bogotá con túnel de La Línea incluido. Para colmo de males, el terremoto de 1999 destruyó la parte de transporte intermunicipal, área que representaba cerca de una tercera parte de la edificación, hecho que obligó a reubicar este servicio en la zona destinada al transporte interdepartamental y parqueaderos, sin que fuera reconstruido lo que tumbó el sismo. Entonces, ¿cómo pretender que la infraestructura de la terminal esté a la altura de las necesidades de un departamento turístico?

En definitiva, el Quindío se haya frente al desafío de formular un ambicioso plan vial que incluya otros medios de transporte —por ej: teleféricos—, de forma que sea asumido por los gobiernos locales como prioritario para que de forma urgente gestionen su financiación con recursos públicos o con esquemas de asociación público-privado.

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