Domingo, 23 Sep,2018

Opinión / ABR 24 2018

¡Y ojalá gane!

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A la mesa de un restaurante clase media se encuentran sentados, uno frente a otra, X y Y. Hace más de cinco minutos que releen la carta, en silencio, pero ninguno de los dos decide qué va a pedir. Es poco probable que vengan del cine.

En el cine se suele consumir chatarra en cantidades industriales, razón por la cual no se entendería su presencia en un restaurante. De compras tampoco estaban, pues no llevan paquetes. Y ni pensar en la posibilidad del coito. Sabido es que después del coito el hambre ataca, y por lo visto a esta pareja lo que menos le interesa por el momento, es comer. Pasan otros dos minutos y finalmente X rompe su silencio. La ventaja es que eres una mujer virtuosa, dice. Virtuosa como pocas, aclaro, porque reúnes inteligencia, sensibilidad, generosidad, ternura, voluptuosidad, humildad, en fin, porque eres una mujer casi perfecta. La desventaja, continúa X, es que yo soy solo un hombre, tú me entiendes, y los hombres, ¡bah!, los hombres solemos ser torpes, irascibles, toscos, soberbios, desdeñosos. Y, que no necesita de halagos para saber quién es, intuye lo que viene, y sonríe. Por cada tres pasos pegas cuatro tropiezos, se dice. Te mantienes activa, pero no avanzas. Estás aquí, inmóvil, escuchando imbecilidades. Ya que he expuesto tus ventajas y mis desventajas, señala X, te propongo que dejemos de vernos por un tiempo, solo por un tiempo, a ver qué pasa. ¡Idiota! Tan seguro de sí y a la vez tan cobarde. Cree que no seré capaz de bastarme sin él, pero se caga del miedo al menor indicio de compromiso. ¿Sabes?, intenta poetizar X, Cuando te vi, aquella tarde, supe que serías mía. Supe que tu cabello y tus ojos y tu boca. Que tus senos y tu ombligo y tu sexo. Que tu corazón y tu mente y tu genio. ¡Hijueputa! Como si yo fuera propiedad privada. Como si me pudiera llevar atada a su muñeca como un reloj. Pero me equivoqué, Y, porque no debí fijarme en ti. Temí que tarde o temprano podría hacerte daño, y sin embargo seguí adelante. Dicen por ahí que un error lo comete cualquiera, que errar es de humanos, que perdonar es de sabios, y espero que puedas perdonarme. No te preocupes, dice Y, no hay nada que perdonar, y se levanta de la mesa para marchase, no sin antes darle un beso en la frente a X, que un poco asombrado por la tranquilidad con que Y se ha tomado las cosas, respira aliviado. Timbra el teléfono de Y. Una mujer se identifica como encestadora. Pregunta que si va a votar en las presidenciales que se avecinan y por quién. Y, serena, responde sí, señora, por su madre, ¡y ojalá gane! 

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