Martes, 21 May,2019
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Seremos lo que haremos juntos

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Aristóteles nació hace poco más de dos mil trescientos años, en Grecia, en una ciudad pequeña llamada Estagira. Muchos hemos pensado que gentes que nacieron y murieron hace tanto, que vivieron tan lejos, en mundos tan distintos, con idiomas tan complejos, que no han sufrido, como nosotros, las desgracias de una patria gobernada siempre por hábiles viciosos, y que no llevan en la sangre la tragedia como destino, son tan extraños a nosotros como una felicidad sin temores. Pero leerlos será siempre una posibilidad para entender que tal vez tenemos más en común con Aristóteles o Sócrates, que con aquellos que han amado nuestros cuerpos. Su intimidad con nosotros no depende de algo tan variable, abandonable y perecedero como la carne.

Alguna vez dijo Aristóteles que en cuanto a los hijos, hay por los menos dos tipos de padres: los que engendran y los que instruyen. Los primeros solo dan y permiten la vida, los segundos, labran el camino de una vida feliz. Y es precisamente en un libro que lleva en su título el nombre de su hijo, Nicómaco, que el sabio griego nos trazó el camino que deberíamos seguir todos los vivos que razonamos, así lo hagamos mal, o precisamente porque lo hacemos mal. Todas las cosas, y todos nosotros, dice, estamos inclinados a una finalidad, y la nuestra es la vida feliz. La Ética nicomaquea es un intento por explicarnos en qué puede consistir la felicidad, y cómo llegar a ella, si es que es acaso posible. 

Verán, Aristóteles explica que todo lo existente tiene cuatro causas, cuatro razones por las cuales existe lo que existe (la causa material, la formal, la eficiente y la final). Todas son igualmente importantes, pero cumplen funciones diferentes. La causa eficiente, por ejemplo, es la causa por la cual las cosas tienen la forma que tienen. Por ejemplo, si mientras usted lee esto, toma una hoja de papel y hace con ella un avioncito, usted es la causa eficiente de ese avioncito de papel, usted modificó su forma inicial. Así que la causa eficiente (usted), modifica la causa formal (la hoja rectangular) que a su vez tiene una causa material (el papel), y al hacerlo cambia su finalidad (la causa final): la de la hoja rectangular de papel era imprimir algo en ella, y ahora, con la forma de avioncito, usted le ha asignado una nueva finalidad, la de llegar planeando a tres metros de distancia. La causa eficiente es todo aquello que hace que las cosas se transformen. Esto funciona con las cosas y con nosotros, y aquí empieza a aparecer lo sencillo e impactante de la propuesta de Aristóteles: aplicado a los humanos, nuestra forma, no la biológica, sino la forma de nuestras creencias, o nuestra forma moral, cambia, muta, según la causa eficiente. Piense usted, por favor, por qué cree todo lo que cree. Piense, por ejemplo, por qué cree que el sol es el centro del sistema solar. Es probable que en este momento su cerebro le haya traído una imagen de una bolita amarilla en medio de otras bolitas de colores, un fondo negro sin límites y elipses delgadas color gris o blanco encerrando la bolita amarilla y sosteniendo cada bolita mientras se suspenden en el espacio. Es probable que esa imagen la haya visto en un programa de televisión. Así que si usted cree que el sol es el centro del sistema solar y apela a esa imagen en su cabeza para justificar esa creencia, ese programa de televisión es parte de su causa eficiente, porque ese programa le ha permitido tener las creencias que tiene. Lo mismo sucede si usted apela a su profesora de historia o astronomía, o a su último viaje fuera de la tierra: todo aquello que permite que creamos o dejemos de creer, nos modifica, nos cambia, y al hacerlo se convierten en nuestra causa eficiente. En «Homero y Aristóteles», el primer ensayo del libro Los Simpson y la filosofía, dice el filósofo Raja Halwani que tanto Springfield, como el gen Simpson que hace tontos a los varones Simpson, son la causa eficiente de Homero, son lo que lo han transformado y lo han llevado a ser lo que es. Un detalle adicional: Homero también hace parte de su causa eficiente, es decir: no sólo el lugar en el que vivimos, las cosas y las gentes de las que nos rodeamos, sino también nosotros mismos modificamos lo que somos: lo que escuchamos o lo que vemos, lo que leemos, lo que elegimos. En últimas, la inteligencia de nuestros actos dará cuenta de la inteligencia, digamos, de nuestras transformaciones. Todo lo que nos afecta nos modifica y nos lleva a ser lo que somos, y quizá es por eso tan importante que andemos con cuidado al elegir amistades y amores, pues lo que ellos sean, será una especie de bosquejo de aquello en lo que nos podrían convertir.

Solo me falta una idea para cerrar esta presentación superficial, imprecisa y vaga de ese la Ética nicomaquea, ese libro monumental: el hábito. La idea es más o menos simple de expresar: nos convertimos constantemente en aquello que hacemos. Hacer es la forma del ser. Fue pensando en escribir esto que recordé una historia que leí hace un par de días por sugerencia de Sara. Se trata de la contratapa de Juan Forn a Carta a D., un libro que le escribe André Gorz a Dorine Keir, el amor de su vida. En alguna parte de ese libro triste y bello, él le dice: “seremos lo que haremos juntos”, y creo que la fuerza de esa frase encapsula la importancia del hábito y de la forma en que nos modifica, así como la fuerza misma del amor, aunque en la Ética nicomaquea el amor no sea más importante que la amistad. “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos”, y es tan importante, ¡tanto!, que entendamos eso. El mismo Aristóteles advierte que constantemente podríamos confundir la felicidad o la amistad con algo que se les parece pero que está lejos de serlo. Confundir ambos sería confundir la finalidad de todos nuestros actos y la forma de llegar a ella. Es como si quisiéramos llegar nadando a la otra orilla de un río y eligiéramos una bicicleta como vehículo, y estuviéramos satisfechos, seguros de que vamos por buen camino al mismo tiempo que nos sumergimos y la corriente nos acerca al inicio de una cascada. No recuerdo de quién son los versos que siguen, alguna vez se los adjudiqué a la Szymborska, pero bien pueden ser de la Carranza, el caso es que creo que así como el fragmento de la carta a Dorine, encapsulan algo que Aristóteles querría que entendamos: “Esperaba de mi vida / una tragedia, / pero se me atravesaron los amigos”. 


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